jueves, 8 de agosto de 2013

LOS GRAFITI LATINOAMERICANOS SIEMPRE REBELAN INQUIETUDES DE SUS PUEBLOS


Hablar desde la pared (Graffiti latinoamericanos)

Omar Saavedra Santis, chileno. Reside en Berlín
                  
Fuente: Mirada Global on line, 07h.08.2013        

Las paredes hablan y con lenguajes diversos. Desde que el hombre levantó la mirada y vislumbró un horizonte garrapateó en Lascaux sus anhelos. Las cosas no han cambiado mucho: la injusticia, el amor y todas aquellas razones y emociones que nos acercan a la palabra humanidad quedan estampadas en las superficies de la ciudad. Nadie las acallará.

La sola mención de la palabra hace que tiemblen las paredes y que más de una yugular amenace con estallar. La especie, sin embargo, es tan vieja como el Hombre y su cultura. Apenas erguido, aún tambaleante, el homo sapiens fue presa inmediata de la irresistible tentación de registrar tal acontecimiento en las paredes de sus residencias prehistóricas en Aurignac, Lascaux o Altamira. Desde aquel lejano entonces , ninguna muralla ha estado a salvo de la inspiración de una mano que escribe o dibuja. Dejó su huellas de cultura en los prodigios de Gizeh, en los templos mayas del Tical y en los arenosos laberintos de Susa. Fue la misma mano que en los muros del palacio de Baltasar, rey de los caldeos, escribió la más enigmática de las anunciaciones: Mene mene tekel u-parsin, cuya traducción a lo fatal se la debemos a Daniel, el profeta.

Y en las tinieblas de la Torre de Londres o en la sempiternamente asoleada cara occidental del Muro de Berlín esa misma mano continuó su larga crónica de nostalgias e iracundias. E impertérrita continúa escribiendo, rayando, pintando, arañando en todas las superficies posibles e imposibles. Esa mano no encontrará paz mientras haya una razón que la inquiete. Independientemente de formas y contenidos y a despecho de todo el poder del estado y la cultura, los graffiti gozan de una porfiada presencia que los hacen emular con la eternidad.Los graffiti son anárquicos por naturaleza. Sus autores permanecen, por principio, en el anonimato.

En contra de los esfuerzos policiales y a pesar de los llamados morales de ediles inmaculados, el graffiti, como hijo de la urbe, sólo terminará con el fin de la ciudad. Ni un minuto antes o después. Graffiti y ciudad están unidos indisolublemente por toda la vida y hasta que la muerte los separe. Aceptado este hecho, vale la pena preguntarse si no sería más razonable tomar y comprender los graffiti como un signo de su tiempo, antes que entregarse al sísifo trabajo de querer erradicarlos.

¿Qué distingue al graffiti latinoamericano de sus lejanos congéneres en otras latitudes?

América Latina se inclina manifiestamente por la variante del graffiti escrito. De realización más barata que el de intención plástica de los países ricos. Después de luengas dictaduras militares y de reformas neoliberales no menos despiadadas, en las últimas dos décadas del pasado siglo XX ha crecido y se ha extendido a lo largo de las murallas latinoamericanas un denso texto silvestre, de abundancia y variedad nunca antes vistas. Todavía son visibles en él vestigios de la legendaria primavera parisina del 68. Pero al contrario de ésta, el ductus general del actual graffiti latinoamericano está transido por una ironía nihilista y una iconoclastia radical.

En América Latina no fue solamente la derecha tradicional o renovada la que se alucinó con la píldora ectasy del ultraneoliberalismo. También son numerosos los ex-devoradores de capitalistas, que hoy lo adoran como una panacea prodigiosa contra todos los males. Soy marxista, pero del ala neoliberal, es el comentario que se lee en la calle sobre esta metamorfosis de Saulus en Paulus. O: ¡Pobre país! ... ¡Hasta los comunistas son de derecha!

Políticos honrados son elementos asociales, informa la muralla. Ciertamente tal información es válida no sólo en América Latina.

El graffiti clava, indefectiblemente, cada proceso electorero, cada decisión gubernamental, cada debate parlamentario en la picota pública de su palabra. De este modo, en las paredes latinoamericanas tiene lugar una catarsis muy particular, que al menos sirve para una transitoria desintoxicación de las almas de autores y lectores, tan envenenadas por las desilusiones crónicas de las democracias contrahechas.

El graffiti latinoamericano es la rebelión de los desdentados. De los que no muerden, pero que se esfuerzan en ladrar un poco. Ya no transporta ningún llamado a tomar el cielo por asalto, como en aquellos prístinos tiempos en que las utopías aún podían caminar. Lo que resta de aquel tiempo es una descascarada pátina de nostalgia. Por eso es que aún se puede leer de vez en cuando: ¡Atención, último llamado! ¡Proletarios de todos los países, uníos! o ¡El Ché vive! ¡Como adrenalina en nosotros!

Pero eso no es tan cierto. También el comandante inolvidable vegeta ahora sin rumbo en camisetas descoloridas, y los proletarios tienen hoy preocupaciones más urgentes que la de luchar.

A pesar de todo la pared insiste: ¡No mate sus ideales! ¡Son una especie en extinción!

Bien saben los enemigos del graffiti que la lucha en su contra no se puede ganar.

Los bofetones del graffiti alcanzan también a otros cómplices del sistema y los acusa de yanaconismo. Prensa, radio y televisión.
¡Periodista, sácale el condón a tu pluma, escribe la verdad!, exige la pared. Y agrega: Los hechos no se pueden cambiar, pero sí tergiversarlos.

Los moralistas municipales afirman que la pared es papel del lumpen. Es posible que tal rudeza no peque de originalidad, pero en un punto tiene razón: en toda pared se puede escribir. Qué se escribe, es lo que enfurece a los sumistas de las ciudades latinoamericanas.

Los enamorados por su lado, hacen de la pared lo que siempre ha sido desde sus comienzos: poderosa trompeta del amor feliz o desgraciado. Pues todo el mundo debe saberlo: Tu abrazo, una telaraña llena de luz o Voy a llorar, voy a ladrar, pero nunca, nunca más volveré a hablarte. Y él susurra: „Espera por mí, desnuda entre los escorpiones. Y ella responde: Allí estaré, con tu veneno en mi sangre.Quizás algún día, cuando (no sólo en América Latina) el graffiti devenga en poesía, será mucho más peligroso de lo que hoy podemos imaginar. Puede ocurrir entonces que un día, un ejército de soñadores se decida a responder la pregunta ¿Por qué no damos entre todos una patada a esta enorme burbuja gris, con la osadía de la práctica.

Aporte

Hace  varios años, en San Pablo, cercanas las elecciones, en que para Prefecto ganaba siempre un Mono del Zoológico, a quien sus seguidores le hicieron Boleta Electoral y lo promocionaban en toda la ciudad, me detuve ante un graffiti: "si vocé no tá confuso, vocé tá mal informado"
El graffiti político es una forma simbólica pero eficaz de resistencia civil.

Rodolfo Capón Filas

Indemnizacion a un juez cesanteado por la dictadura: la CSJN acepta recomendación de la CIDH

 

 Un cambio de doctrina en la Corte

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos había ordenado indemnizar a Gustavo Carranza Latrubesse, un ex juez de Chubut cesanteado durante la dictadura. Al aceptar esa decisión, la Corte modificó sus propios precedentes, establecidos en los ’90.

 Por Irina Hauser (P12 8/8/2013)
La Corte Suprema invirtió su propia doctrina y estableció que las recomendaciones de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) son vinculantes y de acatamiento obligatorio para el Estado argentino. Lo hizo al darle la razón a un ex juez de Chubut cesanteado durante la última dictadura, Gustavo Carranza Latrubesse, a quien el organismo internacional había ordenado reconocer una indemnización al considerar violados sus “derechos a las garantías judiciales y a la protección judicial”. Los tribunales argentinos, originalmente, le habían negado la posibilidad de reclamar al catalogar su demanda como una cuestión “política no justiciable”.
Carranza Latrubesse, hoy de 71 años, había sido nombrado juez en lo Civil y Comercial en la provincia de Chubut en 1971. Fue removido por decreto meses después del golpe de Estado, el 17 de junio de 1976, como ocurrió con muchos de sus colegas en todo el país. “Yo era un desobediente”, ironiza el ex juez en diálogo con Página/12, y luego cuenta que nunca se fue de Comodoro Rivadavia, donde tras sortear las dificultades “de alguien que fue echado y se puso a representar los intereses de la gente”, finalmente logró desarrollar su actividad como abogado. Con el regreso de la democracia, en 1984 decidió iniciar una demanda en la que pedía la nulidad de su expulsión del Poder Judicial, aunque no reclamaba que lo repusieran en el cargo, pero sí que le reconocieran una reparación basada en los salarios que no cobró por haber sido privado de su cargo, y en los daños y perjuicios materiales y morales que sufrió.
Su caso entró en el clásico agujero negro de los tribunales y, además, terminó cruzando las fronteras. Doce años después de su presentación judicial, en 1996, el superior tribunal de Chubut sentenció que no era una cuestión que la Justicia pudiera resolver, decisión que fue avalada por la Corte Suprema. Fue entonces que recurrió a la CIDH, que le dio la razón al advertir que el sistema judicial había cerrado las puertas a cualquier análisis de su caso. A modo de recomendación, dijo que el Estado argentino debía indemnizarlo “adecuadamente” por haberle negado, en esencia, el derecho a un proceso judicial. Cuando recurrió otra vez a la Corte para que se aplicaran los señalamientos de la comisión, los jueces supremos dijeron que el tema era ajeno a su competencia. En su provincia, la Cámara Federal decidió establecer un monto para la indemnización, que fijó en 400 mil pesos, y que él consideró arbitrario u “ocurrente”.
Cuando volvió a recurrir al máximo tribunal, planteó la necesidad del pleno acatamiento de lo señalado por la CIDH y la revisión del cálculo de la indemnización. La Corte firmó el martes un fallo que dispone que el Estado argentino debe acatar lo que dijo la comisión y confirma que Carranza Latrubesse debe ser indemnizado, aunque rechaza los términos en que él reclamaba que se estimara esa reparación. La decisión suprema es novedosa porque modifica sus propios precedentes (establecidos de los años ’90), que negaban el acatamiento obligatorio de las recomendaciones de la comisión por parte de los tribunales nacionales. El dictamen original del ex procurador Esteban Righi inclusive sostenía esa teoría. La sentencia fue reñida, con una mayoría de cuatro votos (Raúl Zaffaroni, Carlos Fayt, Juan Carlos Maqueda y Enrique Petracchi) y algunas discrepancias inclusive entre ellos. El resto votó en disidencia.
“Esta decisión abre una esperanza para quienes litigan internacionalmente por la defensa de los derechos humanos”, señaló Carranza Latrubesse a este diario y rescató también que el fallo pone en tela de juicio la “doctrina de los actos políticos no justiciables”. No quedó tan conforme, en cambio, con los términos en que se confirmó la indemnización.
El voto de la mayoría dice que si la Convención Americana obliga a los Estados parte “a respetar y hacer respetar los derechos que ella enuncia, en el marco supranacional no tiende a desaprobar toda violación a estos derechos cometida en el orden interno (...) Lo que es objeto de sanción en el campo supranacional son las violaciones que el Estado ha cometido o dejado cometer, y que, además, no ha reparado o podido reparar por medio de su propio ordenamiento jurídico interno”. A la vez, sostiene, “toda violación de una obligación internacional que haya producido daño comporta el deber de repararlo adecuadamente”.
Un amicus curiae que había presentado el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) ante la Corte planteaba el mismo concepto: si el sistema de protección internacional de derechos humanos no se cumple, no tiene ningún sentido. Diego Morales, abogado del CELS, evaluó que el fallo tiene varias aristas positivas, “empezando porque le da hasta valor de ley a las decisiones de la CIDH”. “Pero, además –señaló– se diferencia del criterio de otras cortes de la región, como la uruguaya y la de Guatemala; acompaña a los poderes Ejecutivo y Legislativo, que basó muchas decisiones en las disposiciones de la comisión, como la reforma del Código de Justicia Militar, la ley de migraciones o el sistema de seguridad previsional; promueve a nivel regional el sistema interamericano; y les da un valor especial a las fuentes que la propia Corte utiliza, como ocurrió cuando se apoyó en un informe de la CIDH al declarar la inconstitucionalidad de las leyes de punto final y obediencia debida”.

lunes, 22 de julio de 2013

JORNADAS MUNDIALES DE LA JUVENTUD - RIO DE JANEIRO julio 2013


Jóvenes peregrinos cantaron consignas en la playa Ipanema en la víspera de la llegada del Papa.

Francisco trae el evangelio social


 Por Eduardo Febbro * ( P12   22.7.2013)

Desde Río de Janeiro
Una marea de algarabía, juvenil, explosiva en su manifestación de la alegría, con guitarras y cantos y mochilas a veces más grandes que los cuerpos que las soportan. El aeropuerto de Río de Janeiro es un desfile interminable de jóvenes que llegan del mundo entero, envueltos en banderas y en abrazos, cantando a la fe a capella o con guitarras. La hora es a la vez grave e inmensamente festiva. Las Jornadas Mundiales de la Juventud que empiezan esta semana en Brasil fijarán el rumbo oficial del mensaje que dará el papa Francisco en el curso de su primera salida internacional. Una cita que suena como un modelo de su naciente papado. Atrás quedaron las purgas orquestadas por Juan Pablo II contra la Teología de la Liberación, los curas pedófilos, la corrupción en el seno del banco del Vaticano, el IOR: ha llegado –dicen los jóvenes que acuden a Río– el “momento de la renovación”. Esta tiene un nombre que contrasta con los últimos 35 años de política vaticana: “el evangelio social”. La palabra “social” es ya todo un desafío que prolonga la ruptura que Bergoglio encarnó la noche misma en que, luego de que el Cónclave lo eligiera papa, salió al balcón de la plaza San Pedro y pronunció la palabra “pueblo”.
En Roma, hace diez días, el entorno del Papa hablaba de un “mensaje revolucionario”. Habrá que ver y oír. Desde aquel compromiso de forjar “una Iglesia pobre para los pobres”, Francisco ha ido desvistiendo la figura papal de todo el ropaje monárquico que la ponía por encima de los fieles. La comunicación funciona a fondo, incluso con detalles que asombran. La Santa Sede lanzó un nuevo semanario para amplificar el mensaje papal: Credere. La publicidad dice “el nuevo semanario que te hará vivir la fe con alegría”. A la izquierda, en la tapa, un rectángulo dice: “la revista de la Iglesia de Francisco”. Esa es la Iglesia que Francisco expondrá en el país católico más importante del mundo. Bergoglio visitará a los pobres de una favela, a enfermos en un hospital, recibirá presos, peregrinará al santuario de Aparecida y, sobre todo, se encontrará con jóvenes de todo el mundo en lo que se suele llamar el “Woodstock católico”. Su viaje viene precedido por una serie de pronunciamientos que rompieron con el conformismo vaticanista: en las últimas semanas, Bergoglio denunció la “tiranía del dinero”, “el capitalismo salvaje” y la “globalización de la indiferencia”. “Nos encontramos al fin con alguien que ve el mundo tal como es, con los mismos ojos con que lo vemos y los sufrimos nosotros”, dice Angélica, una española de 19 años recién llegada a Río desde Valencia con otros cientos de españoles. Uno de los vaticanistas más célebres, Marco Politi, dijo que el Papa “en Brasil proseguirá, profundizará y aclarará su Evangelio social. Desde que fue elegido denuncia las nuevas formas de esclavitud, la explotación, la desigualdad, la irresponsabilidad de algunas fuerzas sociales”.
La historia parece también correr para Francisco. El pontífice llega a un Brasil convulsionado por la revuelta social, los reclamos de justicia social, contra la corrupción, a favor de la renovación de un sistema político gangrenado por el favoritismo y la corrupción. Francisco ya había escrito el discurso central que iba a pronunciar en Brasil durante las JMJ, pero a la luz de las protestas lo modificó. El arzobispo de Río de Janeiro, Orani Joao Tempesta, responsable de la organización de la Jornada Mundial de la Juventud, viajó a Roma para encontrarse con Bergoglio. Luego le siguió el cardenal arzobispo emérito de San Pablo, Claudio Hummes, un hombre de posiciones sociales conocidas por haber abierto las puertas de su iglesia a los obreros en huelga. El presidente de la Conferencia Episcopal de Brasil (CNBB), el cardenal Raymundo Damasceno, también se reunió en Roma con el Papa. Este encuentro es tanto más clave en lo que podrá decir Bergoglio cuanto que viene precedido de una reunión de la Conferencia episcopal de Brasil. Celebrada casi a finales de junio, la reunión terminó con la redacción de un documento en el que la Conferencia episcopal manifiesta “nuestra solidaridad y apoyo a los manifestantes”. El texto contiene un respaldo total las protestas. Uno de sus párrafos dice que los gritos contra corrupción, la impunidad y la falta de transparencia (...) hacen renacer la esperanza”.
A ese mundo llega Francisco. Un escenario ideal al que las autoridades del país le tienen miedo, miedo a que la visita del Papa sirva de nuevo detonante para lo que ya está latiendo desde hace semanas. Al papa Francisco no le agrada la seguridad y a los responsables de garantizar la suya durante las Jornadas Mundiales de la Juventud no les gusta la perspectiva de que la llegada del Papa vuelva a renovar las protestas contra la clase política. Brasil subió de 11.000 a 14.000 el número de las fuerzas del orden encargadas de garantizar la seguridad de Francisco. La perspectiva de una “revolución ciudadana” durante la visita de Bergoglio llevó a las autoridades brasileñas a proponer una serie de modificaciones en la agenda papal, pero el Vaticano las rechazó. “No habrá cambios de programa”, dijo en Roma Federico Lombardi, el portavoz del Papa.
Sin embargo, las autoridades de Brasil querían modificar un montón de cosas. Brasil arguye que se descubrieron “indicios” de que grupos opositores preparaban una ofensiva aprovechando la llegada de Bergoglio. Lo más peligroso era el encuentro de Francisco con la presidenta Dilma Rousseff (ver página 21), con el gobernador de Río, Sérgio Cabral, y con Eduardo Paes, el intendente de Río. Este acto debe llevarse a cabo en el Palacio de Guenabara, sede del gobierno del estado de Río. Pero como hay una manifestación programada contra el gobernador y el alcalde, las autoridades propusieron levantar la cita y hacerla en otro lugar. El Vaticano dijo que no. Más aún, las declaraciones de los responsables que se reunieron con Francisco en Roma muestran que la Santa Sede está con los manifestantes. Tras su regreso de Roma, el cardenal Claudio Hummes dijo: “El mensaje de Cristo está en sintonía con esas reivindicaciones del pueblo”.
Habrá que ver y oír. Francisco se negó a utilizar el papamóvil blindado. Se desplazará en el mismo jeep abierto con el que circula en Roma. A pedido del papa, tampoco habrá a su lado “hombres armados con fusiles”. El papa, dicen en Roma, no les tiene miedo a las manifestaciones: “Estas no son contra el Papa sino contra los políticos”, dice el Vaticano. Si la promesa es cierta, habrá en Brasil un encontronazo entre dos mundos: el del evangelio liberal que todo lo corrompe y destruye, el planeta y los seres humanos, y el que trae Francisco en su mensaje: el “evangelio social” del cristianismo. Primer acto mayor de un pontificado que, en sus primeros pasos, desteje la abrumadora y sucia trama de corrupción y luchas por el poder que el predecesor de Francisco, Benedicto XVI, no pudo desarmar. Eso lo llevó a la renuncia. Evangelio social, Teología de la Liberación, según varios vaticanistas ambas tienen cita esta semana en Brasil, en una suerte de reconciliación misteriosa. El vaticanista Marco Politi alega que “Francisco es un fruto inesperado de la Teología de la Liberación porque es un representante de la llamada Teología Popular, que no es marxista ni politizada, pero que sí denuncia con fuerza los horrores de la miseria, la desigualdad y sus mecanismos económicos”. El combate que Juan Pablo Segundo libró contra esa corriente dejó muchas víctimas, pactos con las dictaduras, corrupción, una suerte de monstruo que siguió vivo mucho después de la muerte del papa polaco. Por ese abismo se fue Benedicto XVI. Del mismo abismo llega Bergoglio. La llamada “iglesia de Francisco” se construye sobre una montaña de cenizas aún humeantes.

DERECHOS HUMANOS: LOS JUICIOS DE NUREMBERG Y LA JUSTICIA.


 

 Memorias de Nüremberg

 Ficha: El Juicio de Nuremberg (Judgement at Nuremberg, 1961), USA, 186 minutos, MGM, Director: Stanley Kramer, Guión: Abby Mann, Música: Ernest Gold, Fotografía: Ernest Laszlo, Reparto: Spencer Tracy, Burt Lancaster, Richard Widmark, Marlene Dietrich, Maximilian Schell, Judy Garland, Montgomery Clift, Werner Klemperer, Torben Meyer, Martin Brandt, William Shatner.


Los Juicios de Nuremberg, el turno de la justicia

El Juicio de Nuremberg (Judgement at Nuremberg, 1961) de Stanley Kramer, es una película en la que la palabra tiene una primacía fundamental, es cine con largos diálogos y dramáticos monólogos, durante todo el tiempo que dura la cinta las palabras expresan el horror, el odio, la duda y el dolor.(1) La película cuenta con un  notable reparto: Spencer Tracy, Richard Widmark, Marlene Dietrich, Burt Lancaster, Judy Garland y Maximiliam Schell. Nos encontramos en el proceso que se siguió en la ciudad Alemana ocupada de Nüeremberg contra los magistrados Friedrich Hofstetter (Martin Brandt), Werner Lampe (Torben Meyer), Ernst Jenning (Burt Lancaster) y Emil Hahn (Werner Klemperer), acusados de sentenciar sobre la base de unas leyes injustas en juicios amañados donde el sentido de la sentencia se sabía incluso antes del inicio del proceso.(2) Entre los acusados destaca el juez Jenning, inspirado en la figura del juez Franz Schlegelberger, que en la cinta aparece como un reconocido tratadista del Derecho, redactor de la Constitución de Waimar y Ministro de Justicia de la República de Weimar.(3)

La temática elegida por Stanley Kramer no es fácil, mayor incluso si consideramos que la cinta se filmó apenas quince años de finalizada la Segunda Guerra Mundial. Si en el proceso que se siguió contra los principales líderes y criminales de guerra nazis, la única duda parecía ser la base legal para castigar sus actos, en los juicios de quienes formaron parte de la burocracia del Estado durante el gobierno del Reich el tema es mucho más complicado, basta para ello tener en cuenta que el partido nazi llegó a contar con más de ocho millones de afiliados y hubiera sido impensable desde un punto de vista práctico que todos los colaboradores del régimen fueran encausados por sus crímenes.(4)


El juicio seguido contra estos cuatro magistrados está lleno de aristas y de complicaciones que son abordadas con acierto en la cinta, tales como la aplicación por parte de los tribunales de una ley injusta, las relaciones entre la justicia y el poder y cuáles son los límites para quienes dicen actuar con obediencia a la ley.

El Juez Haywood (Spencer Tracy), encargado de presidir el Tribunal, es la figura central de la trama. Nos encontramos en el año 48, acaba de terminar la Segunda Guerra Mundial y al borde de la guerra fría, pero los juicios contra los miembros del régimen nazi ya han pasado de moda y no interesan a nadie. El experimentado juez Haywood lo sabe, pero actuará con justicia, lejos del ánimo vengador que le imprime el fiscal Lawson (Richard Widmark) y discrepante al final con la eficiente defensa que hace Herr Rolfe (Maximiliam Schell) de la inocencia de su patrocinado. Haywood intentará entender las razones que llevaron a hombres no sólo los ordinarios sino hasta los más capaces a seguir a Hitler y a cometer las mayores atrocidades.

El argumento de la defensa es elemental. Estos jueces se limitaron a cumplir estrictamente las leyes del gobierno de Alemania, no hacerlo significaba un acto contrario a la patria. El propio Janning se encargará de echar por tierra a su propia defensa, no está dispuesto a repetir la farsa en la que ha participado cientos de veces: ¿dónde estábamos cuando Hitler empezó a destilar odio en el Reichstag? ¿dónde estábamos cuando se llevaban a nuestros vecinos por la fuerza en plena noche a Docheau? ¿dónde estábamos cuando en cada aldea del país había una terminal que recibía vagones de carga para llenarlos de niños y despacharlos a los campos de exterminio? ¿dónde estábamos cuando nos gritaban en la noche? ¿estábamos sordos?¿mudos?¿ciegos? Mi abogado dice que no sabíamos nada del exterminio de millones. Les pondrá como excusa que pensábamos que eran cientos no millones ¿eso nos libera de culpa? quizá no sabíamos los detalles, pero si no sabíamos era porque no queríamos saber. Janning no se quedará en una acusación general de colaboración silenciosa, afirmará que su caso es aún más cuestionable que aquellos que actuaron de forma ignorante o incluso activa: Ernst Janning es peor que todos ellos, porque sabía lo que eran y colaboró con ellos de todas formas. Ernst Janning transformó su vida en excremento por caminar al lado de ellos. El perdón bajo estas circunstancias es inaceptable. Hay situaciones de las que se es culpable incluso aunque uno pueda disculparse, escribió en sus memorias Albert Speer, arquitecto personal de Hitler y Ministro de Armamento y Producción Bélica del Reich, pues la enormidad del crimen es tan desmesurada que anula toda posibilidad de disculpa.(5)


Haywood dicta sentencia sin tomar en cuenta paradójicamente, como sí lo hicieron los acusados, las presiones ejercidas por el gobierno americano para que las penas no fueran severas. Los rusos habían bloqueado Berlín y era necesario contar con el apoyo del pueblo alemán, lo cual podría complicarse si se encarcelaban a todos sus líderes y dirigentes. La sentencia develará una de las verdades del régimen nazi, de la boca del Juez Haywood se escuchará decir que: si los acusados hubiesen sido seres pervertidos y degenerados, si todos los jerarcas del Tercer Reich hubiesen sido monstruos sádicos y maniáticos, estos hechos no hubieran tenido mayor relevancia moral que un terremoto o un desastre natural. Pero en este juicio se demostró que en una situación de crisis nacional, los hombres ordinarios e incluso los capaces y extraordinarios pueden engañarse a sí mismos y cometer delitos tan grandes y atroces que superan su propia imaginación. Sin embargo, la cinta permite que Herr Rolfe nos despache otra versión, que no sólo quienes participaron de la barbarie que significó el nazismo deben encontrarse en el banquillo de los acusados. El nazismo debe entenderse ciertamente a partir de la colaboración cómplice de millones de ciudadanos pero también por la pasividad de las potencias occidentales que permitieron que Hitler ocupara Checoslovaquia, Renania, Austria y militarizara el país violando el Tratado de Versalles, de los industriales americanos que comerciaron armas con la Alemania nazi, de la Unión Soviética que firmó con Alemania un pacto de no agresión que permitió la invasión de Polonia y que después se sumó al festín del reparto polaco, de Churchil que alabó públicamente al Fürer como un gobernante modelo sólo un año antes del inicio de la guerra. Grafica bien lo dicho el alegato el abogado defensor: en última instancia el responsable es la propia civilización.

En la cinta Nuremberg (Nuremberg, 2000) de Yves Simoneau, una película menos honesta y más maniquea que la que analizamos, aparece el testimonio de Rudolf Höss, Obersturmbannfürer de la SS y comandante del campo de exterminio de Auschwitz. Höss actúa en el Juicio de Nüremberg como testigo de Ernst Kaltenbrunner (Christopher Heyerdahl), Obergruppenführer de la SS y lugarteniente de Himler. Durante el interrogatorio al que le somete el Fiscal Jackson (Alec Baldwin), Höss señala con detalle los pormenores de la labor de exterminio: Construí cámaras de gas donde cabían dos mil personas a la vez, comparados con los doscientos de Treblinka. Construí cuatro hornos enormes para cremar los restos. Logré eliminar diez mil personas en horas. En promedio despachábamos a dos mil personas al día. Cuando el Fiscal Jackson termina el interrogatorio, Höss vuelve a intervenir sólo para aclarar que: no toleré la crueldad. Mi gente estaba ahí para exterminarlos no para torturarlos, cualquier mala conducta de los guardias era penada se lo aseguro.(6) Höss destaca no su desprecio a la vida como imagina el director de la cinta sino, ante todo, su profesionalismo como miembro de la burocracia del Estado, lo cual es ciertamente más grave y aterrador.

En su libro Eichmann en Jerusalén, Un estudio sobre la banalidad del mal, que constituye un análisis de un expediente judicial, Hanna Arendt destaca que los lideres nazis, en su vida cotidiana, no fueron hombres pervertidos ni sádicos, sino terrible y terroríficamente normales: Desde el punto de vista de las instituciones jurídicas y de nuestras reglas morales, esta normalidad resultará siempre más terrorífica que todas las atrocidades juntas, pues implica que este nuevo tipo de delincuente comete sus delitos en circunstancias que casi le impiden saber que realiza actos de maldad. Es allí donde reside la banalidad del mal.(7)

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(1) FEINMAN, José Pablo. La culpa de los pueblos. En: Página 12.

(2) Al finalizar la Segunda Guerra Mundial se suscribieron el Acuerdo de Londres (8 de agosto de 1945 por los representantes de Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Unión Soviética) y la Ley número 10 (20 de diciembre de 1945, promulgada por el Consejo Aliado en Berlín). El Acuerdo de Londres previó el establecimiento de un Tribunal Internacional Militar para enjuiciar los crímenes de guerra cometidos por los nazis. El 18 de octubre de 1945, en la ciudad alemana de Nüremberg se inició el juicio de 21 líderes que formaron parte del gobierno de Tercer Reich. Después del primer juicio de Nüremberg, se celebraron otros 12 procesos bajo la autoridad de la Ley 10 del Consejo. Hubieron en total 185 acusados. Entre ellos, médicos que habían llevado a cabo experimentos sobre enfermos y prisioneros, industriales que habían participado en el saqueo de los países ocupados y en el programa de mano de obra forzada y jueces que habían cometido delitos encubiertos bajo la apariencia de un proceso legal.
 
(3) Franz Schlegelberger estudió Derecho en Königsberg y Berlín. Entre 1913 y 1927 tuvo varios cargos dentro de la administración de justicia. Se desempeñó como juez en una corte intermedia (Landgericht) y juez de la suprema corte de apelaciones de Berlín (Kammergericht). En 1927 fue nombrado Director del Ministerio de Justicia (Ministerialdirektor). Desde 1922 se desempeñó como profesor adjunto de la Facultad de Derecho de la Universidad de Berlín. En los Juicios de Nuremberg, Schlegelberger fue condenado a cadena perpetua, pero salió de prisión en 1951. Posteriormente el gobierno alemán le otorgaría una pensión la que disfrutaría hasta su muerte. Vid. NATHANS, Eli. Legal Order as Motive and Mask: Franz Schlegelberger and the Nazi Administration of Justice. En: Law and History Review. Volumen 18, Número 2. 2000. Cfr. MULLER, Ingo. Hitler´s Justice. 1991.