jueves, 7 de noviembre de 2019

AUSCHWITZ...MEMORIA VERDAD Y JUSTICIA ....SIEMPRE

Auschwitz impone al mundo no olvidar el horror
El 27 de enero de 1945 tropas soviéticas entraban al campo de concentración, donde aún permanecían unos 500 sobrevivientes. Historiadores aseguran que las nuevas generaciones desconocen lo que ocurrió allí.
Fte.: Diario El Día La Plata Bs.As. Argentina (27.1.2020)
SE CALCULA QUE EN AUSCHWITZ FUERON ASESINADAS CERCA DE 1.100.000 PERSONAS, EN SU MAYORÍA JUDÍOS, PERO TAMBIÉN PRISIONEROS SOVIÉTICOS, HOMOSEXUALES Y GITANOS / AP
“Había tal hedor que era imposible estar ahí por más de cinco minutos. Mis soldados no lo podían soportar y me rogaban para que los dejara ir. Pero teníamos una misión que cumplir”, contó Anatoly Shapiro, el primer oficial del ejército soviético que entró al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau tras la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial. Fue la mañana el 27 de enero de 1945, una fecha de la que hoy se cumplen 75 años y que impone nuevamente al mundo la obligación moral de no olvidar ese horror.
Aunque no fue el único campo de concentración creado por el régimen nazi, el de Auschwitz fue el de mayor tamaño y el más brutal. Según estadísticas del Museo del Holocausto, 1.100.000 personas fueron asesinadas en él desde que comenzara a funcionar en 1940 hasta la mañana de su liberación. Si bien la mayoría de esas víctimas fueron judías, también murieron en él polacos, prisioneros de guerra soviéticos, homosexuales, gitanos y testigos de Jehová.
“No teníamos la menor idea de la existencia de ese campo. Mi comandante no nos había dicho nada sobre este asunto”, contó Shapiro, quien en ese momento tenía 32 años y junto a sus hombres dio con unos 500 sobrevivientes en un estado desolador. “Vimos algunas personas vestidas con harapos. No parecían seres humanos, lucían terrible, eran puro hueso. Les dijimos que éramos del ejército soviético y que quedaban libres del dominio alemán pero no reaccionaron, no podían ni mover la cabeza o decir una palabra”.
Cuando las tropas soviéticas se internaron en las barracas vieron decenas de “mujeres que yacían sin vida sobre el suelo, desnudas, porque la ropa se la habían robado. Había mucha sangre y excrementos humanos alrededor”. “En el último cuartel sólo habían dos niños que habían logrado sobrevivir y cuando nos vieron comenzaron a gritar: ‘¡No somos judíos!, ¡no somos judíos!’. Estaban asustados porque pensaron que los íbamos a llevar a la cámara de gas”, contó el oficial.
“LA SOLUCIÓN FINAL”
A unos 43 kilómetros al oeste de Cracovia, en una localidad polaca que los nazis re nombraron como Auschwitz durante su ocupación, el campo de exterminio homónimo se levantó sobre unas barracas de ladrillo que habían pertenecido al ejército polaco, y al que luego se les fueron sumando otras instalaciones: complejos fabriles, granjas, crematorios, cámaras de gas masivas...
Destinado a someter al trabajo esclavo y asesinar a los prisioneros que llegaban a el, Auschwitz fue creciendo hasta llegar a tener más de cuarenta sub campos a su alrededor. Para llevar a cabo su plan de exterminio el régimen nazi se valió del tendido ferroviario existente, a través del cual trasladaba hasta el campo de concentración a niños, mujeres y hombres apresados por “indeseables” en distintas regiones del territorio europeo bajo su ocupación.
En esos trenes de la muerte los prisioneros eran encerrados en vagones donde se los sometía al hacinamiento, el hambre, el frío durante el viaje, que solía durar varios días. Aunque se les decía que iban a trabajar, su destino era ser asesinados apenas arribaban.
Según estimaciones del Centro Mundial de Conmemoración de la Shoá de Jerusalén, Yad Vashem, en ese campo fueron asesinados más de un millón de judíos, 70.000 polacos, 25.000 gitanos, 15.000 prisioneros de guerra soviéticos. Además hubo otros grupos perseguidos, como homosexuales, testigos de Jehová y personas con discapacidad.
Bajo la supervisión del jefe de la Gestapo, Heinrich Himmler, Auschwitz fue inaugurado el 20 de mayo de 1940, y estuvo dirigido al principio por el oficial de las SS, Rudolf Hoss, quien fue capturado y juzgado en los juicios de Nuremberg en los que se lo condenó a muerte. La pena se cumplió delante del crematorio del mismo campo de concentración, donde murió ahorcado en 1947. Su reemplazante Arthur Liebehenschel fue también juzgado por un tribunal polaco y ejecutado en 1948.
Richard Baer, el último nazi que dirigió Auschwitz, vivió bajo una falsa identidad en Hamburgo, hasta que fue reconocido y arrestado. Se suicidó en prisión antes de que se iniciara su proceso en 1963. Se estima que cerca de 6.500 miembros de las SS trabajaron en Auschwitz, en pequeñas o en grandes tareas, para cumplir con la denominada “solución final” de exterminio a los judíos, diseñada entre otros por Adolf Eichmann.
Setenta y cinco años después de aquella tragedia, muchos historiadores se siguen preguntando por qué las fuerzas aliadas -entre ellos el primer ministro británico, William Churchill-, no ordenaron el bombardeo de las líneas ferroviarias en Polonia, que conducían al mayor campo de concentración.
APRENDER DEL PASADO
Hace poco más de un mes, la jefa del gobierno alemán, Angela Merkel, visitó por primera vez Auschwitz en sus 14 años de mandato, acompañada por el primer ministro polaco, y se manifestó “profundamente avergonzada por los atroces crímenes que cometieron los alemanes”.
“Nunca debemos olvidar, y tampoco relativizar (...). Lo que ocurrió aquí no se puede entender con sentido común”, afirmó tras visitar un barracón donde había latas vacías del venenoso Zyklon B, utilizado por los nazis en las cámaras de gas.
Pero “el Holocausto fue mucho más que Auschwitz: fueron seis campos de exterminio y cientos de trabajo forzado, fue el intento de borrar una cultura, un idioma, una nación, fue la destrucción de sinagogas y la quema de libros”, explica Dina Porat, historiadora del Centro para la Memoria del Holocausto en Jerusalén.
Porat, que dirige el Centro Kantor para el Estudio del Judaísmo en Europa, aprovecha la fecha para alertar del creciente antisemitismo en el mundo y señala entre sus causas lo que denomina una “crisis de las democracias” y el fortalecimiento de la derecha en Europa que dice “tiene capas de antisemitismo tradicional”.
Algo que la preocupa especialmente es un proceso que llama “fatiga del Holocausto” y que identifica en jóvenes pertenecientes a la tercera generación posterior a la guerra, que cuestionan la historia del Holocausto como parte de un proceso de fortalecimiento de sus identidades nacionales, alejadas de sentimientos de culpa y responsabilidad.
“Además, esta tercera generación evidencia una ignorancia notable sobre la Segunda Guerra Mundial”, advierte la historiadora, quien lo vincula al desvanecimiento del sentimiento de obligación de Europa para con los judíos que permite la aparición de sentimientos antisemitas.
“Hay mucho más odio en el mundo de hoy”, apunta Porat al señalar que “el Holocausto debe ser un punto de partida para educar a los más jóvenes sobre la aceptación del otro y la igualdad”.