lunes, 15 de junio de 2020

Boaventura de Sousa Santos LA CRUEL PEDAGOGIA DEL VIRUS


Fuente: Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales y Transnational Institute (CLACSO-TNI)


LA CRUEL PEDAGOGIA  DEL VIRUS 


Por  BOAVENTURA DE SOUSA SANTOS

*Biblioteca masa crítica CLACSO 

*traducción de Paula Basile 

NOTA EDITORIAL

Un mundo que atraviesa un tiempo de intensas transformaciones requiere ser pensado en sus asuntos más acuciantes: las múltiples formas en que se ejerce la violencia, el incesante aumento de la desigualdad, los daños al ambiente y a los seres que habitan la Tierra, la violación de los derechos humanos, la militarización de los territorios o el impacto de una pandemia sobre el tejido social, especialmente en sus sectores más vulnerables. 

Lejos de documentar el pesimismo, aspiramos a construir herramientas teóricas para transformar las situaciones de injusticia en un ejercicio incesante que liga la teoría con la práctica. 

El Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, con el apoyo del Transnational Institute, pone a disposición de las y los lectores una nueva colección de textos breves con los cuales esperamos contribuir a entablar diálogos tanto en torno a nuevos y viejos interrogantes, como a la búsqueda de respuestas originales a los problemas de nuestro tiempo. 

La biblioteca masa crítica reúne a intelectuales que, desde una diversidad de perspectivas y tradiciones teóricas, han contribuido a la forja del pensamiento crítico enlazando reflexiones sobre tópicos y dilemas de nuestro presente histórico. 

PRESENTACIÓN 
por PAULA MENESES

 En el libro que presentamos Boaventura de Sousa Santos, a partir del análisis de la actual pandemia de Covid-19, problematiza el impacto de la cruel pedagogía del Virus. 

Boaventura de Sousa Santos es profesor catedrático jubilado y Director Emérito del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra.

Es también co-coordinador del Curso Internacional CES-CLACSO sobre las “Epistemologías del Sur”. Profesor visitante en múltiples universidades y centros de investigación, es uno de los principales pensadores críticos del mundo y sus libros han sido traducidos a numerosos idiomas. 

Esta publicación es el embrión de un libro más profundo sobre nuestros contextos contemporáneos.
Como este autor señala, la pandemia actual solo empeora una situación de crisis a la que ha sido sometida la población mundial, en un contexto en que ‘el capitalismo neoliberal ha incapacitado al Estado para responder a emergencias’. 

La vida humana, señala este intelectual, representa solo el 0.01% de la vida existente en la Tierra.

La defensa de la vida en nuestro planeta en su conjunto es la condición para la continuación de la vida de la humanidad. Según Boaventura de Sousa Santos, la idea conservadora de que no hay alternativa a la forma de vida impuesta por el hipercapitalismo en el que vivimos se desmorona. Y concluye afirmando que ‘las alternativas entrarán, cada vez con más frecuencia, en la vida de los ciudadanos a través de la puerta trasera de crisis pandémicas, desastres ambientales y colapsos financieros’. Para Boaventura de Sousa Santos salvar nuestro planeta requiere ir más allá del marco de referencia eurocéntrico, reconociendo la pluralidad de modos de adquisición de conocimiento (que incluye el conocimiento científico), lo que Boaventura de Sousa Santos llamó las Epistemologías del Sur. 

Las Epistemologías del Sur, como señala Boaventura de Sousa Santos están interesadas en la producción y validación del conocimiento que surge a través de los actos de resistencia de los grupos sociales sometidos a la injusticia, opresión o destrucción sistemática en manos del capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. El vasto y diverso conjunto de estas experiencias constituye lo que él llama un Sur epistemológico múltiple. 

Boaventura de Sousa Santos termina el libro con un mensaje de esperanza, afirmando que es posible superar la cuarentena impuesta por el capitalismo-colonial y patriarcal ‘cuando seamos capaces de imaginar el planeta como nuestro hogar común y a la naturaleza como nuestra madre original, a quien le debemos amor y respeto.

No nos pertenece. Le pertenecemos a ella. Cuando superemos esa cuarentena, seremos más libres ante las cuarentenas provocadas por las pandemias’. 

Boaventura de Sousa Santos

El virus: todo lo que es sólido se desvanece en el aire 

Existe un debate en las ciencias sociales sobre si la verdad y la calidad de las instituciones de una sociedad determinada se conocen mejor en situaciones normales, de normal funcionamiento, o en situaciones excepcionales, de crisis. Tal vez ambos tipos de situaciones sean inductores de conocimiento, pero sin duda nos permiten conocer o revelan cosas diferentes. ¿Qué conocimiento potencial proviene de la pandemia de coronavirus? 

La normalidad de la excepción

 La pandemia actual no es una situación de crisis claramente opuesta a una situación normal. Desde la década de los ochenta, a medida que el neoliberalismo se impuso como la versión dominante del capitalismo y este se sometió cada vez más a la lógica del sector financiero, el mundo ha vivido en un estado de crisis permanente. Una situación doblemente anormal. Por un lado, la idea de una crisis permanente es un oxímoron, ya que, en el sentido etimológico, la crisis es, por naturaleza, excepcional y temporal, y constituye una oportunidad de superación para originar un mejor estado de cosas. Por otro lado, cuando la crisis es pasajera, debe explicarse por los factores que la provocan. Sin embargo, cuando se vuelve permanente, la crisis se convierte en la causa que explica todo lo demás.

Por ejemplo, la crisis financiera permanente se utiliza para explicar los recortes en las políticas sociales (salud, educación, seguridad social) o la degradación salarial. Así, impide preguntar sobre las causas reales de la crisis. El objetivo de la crisis permanente no se debe resolver. Pero, ¿cuál es el propósito de este objetivo?

Básicamente, hay dos: legitimar la escandalosa concentración de riqueza y boicotear medidas efectivas para prevenir una inminente catástrofe ecológica. Así hemos vivido durante los últimos cuarenta años. Por esta razón, la pandemia solo agrava una situación de crisis a la que ha sido sometida la población mundial. Es por ello que implica un peligro específico. En muchos países, los servicios de salud pública estaban mejor preparados para enfrentar la pandemia hace diez o veinte años de lo que lo están hoy. 

La elasticidad de lo social

En cada época histórica, las formas de vida dominantes (trabajo, consumo, ocio, convivencia) y las maneras de anticipar o posponer la muerte son relativamente rígidas y parecen derivar de reglas escritas en el corazón de la naturaleza humana. Es cierto que se modifican de forma paulatina, pero los cambios casi siempre pasan desapercibidos. El brote de una pandemia no se corresponde con este retraso. Requiere cambios drásticos. Y de repente, se vuelven posibles como si siempre lo hubiesen sido. Es posible quedarse en casa y tener tiempo para leer un libro y pasar más tiempo con los niños, consumir menos, prescindir del vicio de pasar tiempo en los centros comerciales, mirar lo que está a la venta y olvidar todo lo que uno quiere, pero solo puede obtener por medios distintos a la compra.

Se desmorona la idea conservadora de que no hay alternativa a la forma de vida impuesta por el hipercapitalismo en el que vivimos. Queda en evidencia que no hay alternativas porque el sistema político democrático ha sido forzado a dejar de discutir alternativas. Al haber sido expulsadas del sistema político, las alternativas entrarán cada vez más con mayor frecuencia en la vida de los ciudadanos y lo harán por la puerta de atrás de las crisis pandémicas, los desastres ambientales y los colapsos financieros. Es decir, las alternativas volverán de la peor manera posible. 

La fragilidad de lo humano

La aparente rigidez de las soluciones sociales crea en las clases que las aprovechan al máximo una extraña sensación de seguridad. Es cierto que siempre existe cierta inseguridad, pero se cuenta con medios y recursos para minimizarla, ya sea atención médica, pólizas de seguro, servicios de compañías de seguridad, terapia psicológica, gimnasios. Esta sensación de seguridad se combina con el sentimiento de arrogancia e incluso de condena de quienes se sienten víctimas de las mismas soluciones sociales.
El brote viral pulveriza el sentido común y evapora la seguridad de un día para el otro. Sabemos que la pandemia no es ciega y tiene objetivos privilegiados, pero aun así crea una conciencia de comunión planetaria, de alguna manera democrática.

La etimología del término pandemia dice exactamente eso: reunión del pueblo. La tragedia es que, en este caso, para demostrar solidaridad lo mejor es aislarnos y evitar tocar a otras personas. Es una extraña comunión de destinos. ¿Serán posibles otras? 

Los fines no justifican los medios

La desaceleración de la actividad económica, especialmente en el país más grande y dinámico del mundo, tiene consecuencias negativas obvias. Pero también posee algunas positivas. Por ejemplo, la disminución de la contaminación atmosférica. Un especialista en calidad del aire de la agencia espacial estadounidense (NASA) dijo que nunca se había visto una caída tan dramática en la contaminación de un área tan vasta. ¿Acaso quiere decir que a comienzos del siglo XXI la única forma de evitar la inminente catástrofe ecológica es a través de la destrucción masiva de la vida humana? ¿Hemos perdido la imaginación preventiva y la capacidad política para ponerla en práctica? 

También se sabe que, para controlar efectivamente la pandemia, China ha implementado métodos de represión y vigilancia particularmente estrictos. Cada vez es más evidente que las medidas han sido efectivas. Pero China, a pesar de todos sus méritos, no es un país democrático. Es muy cuestionable que dichas medidas puedan implementarse o tengan la misma efectividad en un país democrático. ¿Significa que la democracia carece de la capacidad política para responder a emergencias?

Por el contrario, The Economist mostró a principios de este año que las epidemias tienden a ser menos letales en los países democráticos debido a la libre divulgación de información. 

Pero como las democracias son cada vez más vulnerables a las fake news, tendremos que imaginar soluciones democráticas basadas en la democracia participativa a nivel de los vecindarios y las comunidades, y en la educación cívica orientada a la solidaridad y cooperación, y no hacia el emprendedurismo y la competitividad a toda costa. 

La guerra de la que se hace la paz

La forma en que se construyó inicialmente la narrativa sobre la pandemia en los medios de comunicación occidentales evidenció el afán de demonizar a China. Las malas condiciones higiénicas en los mercados chinos y los extraños hábitos alimentarios de los chinos (primitivismo insinuado) eran el origen del mal.

Subliminalmente, el público mundial fue alertado sobre el peligro de que China, que hoy es la segunda economía mundial, domine al mundo. Si China era incapaz de prevenir semejan- te daño a la salud mundial y, además, de superarlo de manera efectiva, ¿cómo podríamos confiar en la tecnología del futuro propuesta por China? ¿Pero el virus se originó en China?

La verdad es que, según la Organización Mundial de la Salud, el origen del virus aún no se ha determinado. Por lo tanto, es irresponsable que los medios oficiales en los Estados Unidos hablen del “virus extranjero” o incluso del “coronavirus chino”, especialmente porque solo en países con buenos sistemas de salud pública (Estados Unidos no es uno de ellos) es posible hacer pruebas gratuitas y determinar con precisión los tipos de influenza que se dieron en los últimos meses. Lo que sabemos con certeza es que, mucho más allá del coronavirus, existe una guerra comercial entre China y Estados Unidos, una guerra sin cuartel que, como todo parece indicar, acabará con un vencedor y un vencido.

Desde el punto de vista de los Estados Unidos, existe una necesidad urgente de neutralizar el liderazgo de China en cuatro áreas:

·        la fabricación de teléfonos móviles,
·        las telecomunicaciones de quinta generación (inteligencia artificial),
·        los automóviles eléctricos y
·        las energías renovables. 

La sociología de las ausencias

Una pandemia de esta dimensión causa conmoción en todo el mundo. Aunque la dramatización está justificada, es bueno tener en cuenta las sombras que crea la visibilidad.

Por ejemplo, Médicos sin Fronteras advierte la extrema vulnerabilidad al virus de los miles de refugiados e inmigrantes detenidos en centros de internamiento en Grecia. En uno de ellos (campo de Moria), hay un grifo de agua para 1300 personas y no hay jabón. Los refugiados viven hacinados. Familias de cinco o seis personas duermen en un espacio de menos de tres metros cuadrados. Esto también es parte de Europa, es la Europa invisible. Como estas condiciones también prevalecen en la frontera sur de los Estados Unidos, hay también allí una América invisible.

Y las zonas de invisibilidad podrán multiplicarse en muchas otras regiones del mundo, y tal vez incluso aquí, muy cerca de cada uno de nosotros. Quizá baste abrir la ventana. 

La trágica transparencia del virus 

Los debates culturales, políticos e ideológicos de nuestro tiempo tienen una extraña opacidad que se deriva de su distancia de la vida cotidiana de la gran mayoría de la población, los ciudadanos comunes, «la gente de a pie», como dicen los latinoamericanos. En particular, la política, que debía mediar entre las ideologías y las necesidades y aspiraciones de los ciudadanos, ha renunciado a esta función. El único rastro de esa mediación se observa en las necesidades y aspiraciones del mercado, ese mega ciudadano formidable y monstruoso que nadie jamás vio, tocó ni olió, un ciudadano extraño que solo tiene derechos y ningún deber. Es como si la luz que proyecta nos cegase. De repente, irrumpe la pandemia, la luz de los mercados se desvanece y, de la oscuridad con la que siempre nos amenazan si no les rendimos pleitesía, surge una nueva claridad. La claridad pandémica y las apariciones en las que se materializa. Lo que nos permite ver y cómo se interpreta y evalúa determinarán el futuro de la civilización en la que vivimos. Estas apariciones, a diferencia de otras, son reales y llegaron para quedarse. 

La pandemia es una alegoría

El significado literal de la pandemia de coronavirus es el miedo caótico generalizado y la muerte sin fronteras causados por un enemigo invisible. Pero lo que expresa es mucho más que eso. Estos son algunos de los significados que surgen de ella. El todopoderoso invisible puede ser infinitamente grande (el dios de las religiones escritas en los libros) o infinitamente pequeño (el virus). En los últimos tiempos, ha surgido otro ser todopoderoso invisible, ni grande ni pequeño, pero deformado: los mercados. Al igual que el virus, es insidioso e impredecible en sus mutaciones y, como dios (Santísima Trinidad, encarnaciones), es uno y muchos. Se expresa en plural, pero es singular. 

A diferencia de dios, el mercado es omnipresente en este mundo y no en el más allá.

Y, a diferencia del virus, es una bendición para los poderosos y una maldición para todos los demás (la gran mayoría de los humanos y la totalidad de la vida no humana). A pesar de ser omnipresentes, todos estos seres invisibles tienen espacios de recepción específicos: el virus, en los cuerpos; dios, en los templos; los mercados, en las bolsas de valores. Fuera de estos espacios, el ser humano es un ser sin hogar trascendental. 

Sujeto a tantos seres impredecibles y todopoderosos, el ser humano y toda la vida no humana de la que depende son inminentemente frágiles. Si todos estos seres invisibles permanecen activos, la vida humana pronto será (o ya es) una especie en peligro de extinción.

Está sujeta a un orden escatológico y se acerca al fin. La intensa teología que se teje alrededor de esta escatología contempla varios niveles de invisibilidad e imprevisibilidad.
El dios, el virus y los mercados son las formulaciones del último reino, el más invisible e impredecible, el reino de la gloria celestial o la perdición infernal. Solo ascienden a él aquellos que se salvan, los más fuertes (los más santos, los más jóvenes, los más ricos). Debajo de ese reino está el reino de las causas. Es el reino de las mediaciones entre lo humano y lo no humano. En este reino, la invisibilidad es menos rara, pero es producida por luces intensas que proyectan sombras densas sobre él.

Este reino está compuesto por tres unicornios. Sobre el unicornio, Leonardo da Vinci escribió: «El unicornio, por su intemperancia e incapacidad para dominarse a sí mismo, y debido al deleite que le brindan las doncellas, olvida su ferocidad y salvajismo. Deja de lado la desconfianza, se acerca a la doncella sentada y se duerme en su regazo. De esa manera, los cazadores logran cazarlo». En otras palabras, el unicornio es un todopoderoso feroz y salvaje que, sin embargo, tiene un punto débil, sucumbe a la astucia de todo el que logre identificarlo. 

Desde el siglo XVII los tres unicornios han sido: el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado.

Estos son los principales modos de dominación. Para dominar efectivamente, tienen que ser imprudentes, feroces e incapaces de ser dominados, como advierte Da Vinci. A pesar de ser omnipresentes en la vida de los humanos y las sociedades, son invisibles en su esencia y en la articulación esencial entre ellos. La invisibilidad proviene de un sentido común inculcado en los seres humanos por la educación y el adoctrinamiento permanentes. Este sentido común es, al mismo tiempo, evidente y contradictorio. Todos los seres humanos son iguales (afirma el capitalismo); pero, como existen diferencias naturales entre ellos, la igualdad entre los inferiores no puede coincidir con la igualdad entre los superiores (afirman el colonialismo y el patriarcado).

Este sentido común es antiguo y fue debatido por Aristóteles, pero no fue hasta el siglo XVII que se introdujo en la vida de las personas de a pie, primero en Europa y luego en el resto del mundo. 

Al contrario de lo que piensa Da Vinci, la ferocidad de estos tres unicornios no se basa solo en la fuerza bruta. Además, se sustenta en la astucia que les permite desaparecer cuando aún están vivos, o parecer débiles cuando permanecen fuertes. La primera astucia se revela en múltiples artimañas. Así, el capitalismo parecía haber desaparecido en una parte del mundo con la victoria de la Revolución Rusa. Sin embargo, simplemente hibernó dentro de la Unión Soviética y continuó controlando desde afuera (capitalismo financiero, contrainsurgencia).

Hoy, el capitalismo adquiere mayor vitalidad en el corazón de su mayor enemigo, el comunismo, en un país que pronto será la primera economía del mundo: China. 

A su vez, el colonialismo ocultó su desaparición con la independencia de las colonias europeas, pero, de hecho, continuó metamorfoseándose en neocolonialismo, imperialismo, dependencia, racismo, etc. Finalmente, el patriarcado parece estar muriendo o debilitándose debido a las importantes victorias de los movimientos feministas en las últimas décadas, pero, de hecho, la violencia doméstica, la discriminación machista y el feminicidio aumentan constantemente. La segunda astucia consiste en la aparición del capitalismo, el colonialismo y el patriarcado como entidades separadas que no tienen nada que ver entre sí. La verdad es que ninguno de estos unicornios separados tiene el poder de dominar. Solo los tres juntos son todopoderosos. Es decir, mientras haya capitalismo, habrá colonialismo y patriarcado. 

El tercer reino es el de las consecuencias. Es el reino en el que los tres poderes todopoderosos muestran su verdadero rostro. Esta es la capa que la gran mayoría de la población logra ver, aunque con cierta dificultad. Este reino tiene hoy dos paisajes principales donde lo siguiente es más visible y cruel: la concentración escandalosa de riqueza/desigualdad social extrema y la destrucción de la vida en el planeta/la inminente catástrofe ecológica. Es ante estos dos paisajes brutales que los tres seres todopoderosos y sus mediaciones muestran hacia dónde nos llevan si continuamos considerándolos todopoderosos. ¿Pero son todopoderosos? ¿O será que su omnipotencia solo es el espejo de la incapacidad inducida por los humanos para luchar contra ellos? Esa es la cuestión. 

La realidad suelta y la excepcionalidad de la excepción

La pandemia otorga una libertad caótica a la realidad y cualquier intento de aprisionarla analíticamente está condenado al fracaso, ya que la realidad siempre va por delante de lo que pensamos o sentimos sobre ella. Teorizar o escribir sobre ella es poner nuestras categorías y nuestro lenguaje al borde del abismo. Como diría André Gide, es concebir a la sociedad contemporánea y su cultura dominante como una «puesta en abismo». Los intelectuales son los que más deberían temer esta situación. Al igual que con los políticos, los intelectuales, en general, también dejaron de mediar entre las ideologías, las necesidades y las aspiraciones de los ciudadanos comunes. Median entre ellos, entre sus pequeñas y grandes diferencias ideológicas. Escriben sobre el mundo, pero no con el mundo. Hay pocos intelectuales públicos, y estos tampoco escapan al abismo de estos días.

La generación que nació o creció después de la Segunda Guerra Mundial se acostumbró a tener un pensamiento excepcional en tiempos normales. Ante la crisis pandémica, les resulta difícil pensar en la excepción en tiempos excepcionales. El problema es que la práctica caótica y esquiva de los días va más allá de la teorización y debe ser entendida en términos de subteorización. En otras palabras, como si la claridad de la pandemia creara tanta transparencia que nos impidiera leer y mucho menos reescribir lo que estábamos registrando en la pantalla o en papel. Daré dos ejemplos.

Tan pronto como estalló la crisis pandémica, Giorgio Agamben se rebeló contra el peligro del surgimiento de un Estado de excepción. El Estado, al tomar medidas para vigilar y restringir la movilidad con el pretexto de combatir la pandemia, adquiriría poderes excesivos que pondrían en peligro la democracia misma. Esta advertencia tiene sentido y fue premonitoria en relación con algunos países, a saber, Hungría. Pero fue escrita en un momento en que los ciudadanos, presos del pánico, se dieron cuenta de que los servicios nacionales de salud no estaban preparados para combatir la pandemia y exigieron que el Estado tomara medidas efectivas para prevenir la propagación del virus.

La reacción no tardó en llegar y Agamben debió dar marcha atrás. En otras palabras, la excepcionalidad de esta excepción no le permitió pensar que hay excepciones y excepciones, y que, por lo tanto, en el futuro no solo tendremos que distinguir entre Estado democrático y Estado de excepción, sino también entre Estado de excepción democrático y Estado de excepción antide- mocrático.

El segundo ejemplo se refiere a Slavoj Žižek, quien al mismo tiempo declaró que la pandemia demostró que el «comunismo global» era la única solución futura. La propuesta estaba alineada con sus teorías planteadas en tiempos normales, pero fue completamente irrazonable en tiempos de excepción excepcional. Él también tuvo que reconsiderarlo. Por muchas razones, he argumentado que ha concluido el momento de los intelectuales de vanguardia. Los intelectuales deben aceptarse como intelectuales de retaguardia, deben estar atentos a las necesidades y aspiraciones de los ciudadanos comunes y teorizar a partir de ellas. De lo contrario, los ciudadanos estarán indefensos ante los únicos que saben hablar su idioma y entienden sus preocupaciones. En muchos países, estos son pastores evangélicos conservadores o imanes islámicos radicales, apologistas de la dominación capitalista, colonialista y patriarcal. 

Al sur de la cuarentena 

Cualquier cuarentena es siempre discriminatoria, más difícil para algunos grupos sociales que para otros, e imposible para un vasto grupo de cuidadores, cuya misión es hacer posible la cuarentena para toda la población. En este capítulo, sin embargo, analizo otros grupos para los que la cuarentena es particularmente difícil. Son los grupos que tienen en común una vulnerabilidad especial que precede a la cuarentena y se agrava con ella. Tales grupos componen lo que denomino «el sur». En mi opinión, el sur no designa un espacio geográfico, sino un espacio-tiempo político, social y cultural. Es una metáfora del sufrimiento humano injusto causado por la explotación capitalista, la discriminación racial y la discriminación sexual. 

Pretendo analizar la cuarentena desde la perspectiva de los y las que más han sufrido estas formas de dominación, e imaginar, también desde su perspectiva, los cambios sociales que se requerirán cuando finalice la cuarentena.

Hay muchos colectivos sociales de este tipo. Seleccioné algunos. 

Las mujeres

La cuarentena será particularmente difícil para las mujeres y, en algunos casos, puede ser peligrosa. Las mujeres son consideradas «las cuidadoras del mundo», prevalecen en la prestación de cuidados dentro y fuera de las familias. Prevalecen en profesiones como enfermería o asistencia social, que estarán en la primera línea de atención a los enfermos y ancianos dentro y fuera de las instituciones. No pueden defenderse con una cuarentena para garantizar la cuarentena de los demás. También son quienes tienen a su cargo el cuidado de las familias de manera exclusiva o mayoritaria. Podríamos suponer que, al haber más manos en casa durante la cuarentena, las tareas podrían estar mejor distribuidas. Sospecho que no será así debido al machismo que prevalece y quizás se refuerza en momentos de crisis y confinamiento familiar. Con los niños y otros miembros de la familia en el hogar durante todo el día, el estrés será mayor y ciertamente recaerá más en las mujeres.

El aumento en el número de divorcios en algunas ciudades chinas durante la cuarentena puede ser un indicador de lo que acabo de decir. Por otro lado, se sabe que la violencia contra las mujeres tiende a aumentar en tiempos de guerra y crisis, y ahora ha aumentado. Una buena parte de esta violencia ocurre en el espacio doméstico. El confinamiento de familias en espacios reducidos, sin salida, puede generar más oportunidades para el ejercicio de la violencia contra las mujeres. El periódico francés Le Figaro informó el 26 de marzo, basado en información del Ministerio del Interior, que la violencia conyugal había aumentado en un 36 % en París la semana anterior. 

Los trabajadores precarizados, informales, llamados autónomos

Después de cuarenta años de ataque a los derechos de los trabajadores en todo el mundo por parte de políticas neoliberales, este grupo de trabajadores prevalece a nivel mundial, aunque las diferencias de un país a otro son muy significativas.

 ¿Qué implicará la cuarentena para estos trabajadores, que tienden a ser los primeros en ser despedidos cada vez que hay una crisis económica? El sector de servicios, donde abundan, será una de las áreas más afectadas por la cuarentena. El 23 de marzo, India declaró la cuarentena durante tres semanas para 1.300 millones de personas. Teniendo en cuenta que en India entre el 65 % y el 70 % de los trabajadores pertenecen a la economía informal, se estima que 300 millones de indios no tuvieron ingresos. En América Latina, alrededor del 50 % de los trabajadores están empleados en el sector informal. Asimismo, en el caso de Kenia o Mozambique, debido a los programas de ajuste estructural en las décadas de los ochenta y noventa, la mayoría de los trabajadores son informales, es decir, dependen de un salario diario. Incluso aquellos con empleo formal poseen pocos beneficios contractuales.

La recomendación que hizo la OMS acerca de trabajar en casa y autoaislarse es impracticable, ya que obliga a los trabajadores a elegir entre ganar el pan de cada día o quedarse en casa y pasar hambre. Las recomendaciones de la OMS parecen haber sido diseñadas con una clase media en mente, que es una pequeña fracción de la población mundial. ¿Qué significa la cuarentena para los trabajadores que ganan cada día lo que necesitan para vivir ese día? ¿Se arriesgarán a desobedecer a la cuarentena para alimentar a su familia? ¿Cómo resolverán el conflicto entre el deber de alimentar a su familia y el de proteger sus vidas y las de sus familiares?

Morir a causa del virus o morir de hambre, esa es la opción. 

Vendedores ambulantes

Los trabajadores de la vía pública son un grupo específico de trabajadores precarios. Para ellos, el «negocio», es decir, la subsistencia, depende exclusivamente de la calle, de quien pase por ella y de su decisión de detenerse y comprar algo, lo que es siempre impredecible para el vendedor. Los vendedores han estado en cuarentena en la calle durante mucho tiempo, pero en la calle con gente. El impedimento de trabajar para quienes venden en los mercados informales de las grandes ciudades significa que potencialmente millones de personas ni siquiera tendrán el dinero para concurrir a los centros de salud si se enferman o para comprar desinfectante para manos ni jabón. Los que tienen hambre no pueden darse el lujo de comprar jabón y agua a precios producto de la especulación. En otros contextos, existen las personas uberizadas de la economía informal que entregan alimentos y paquetes a domicilio. Ellos son los que garantizan la cuarentena de muchos, pero no pueden protegerse. Su «negocio» aumentará tanto como el riesgo al que se exponen. 

Personas sin hogar o que viven en la calle

¿Cómo será la cuarentena para aquellos que no tienen hogar? Para aquellos que pasan sus noches en viaductos, en estaciones de subterráneo o tren abandonadas, en túneles de aguas pluviales o de alcantarillado en tantas ciudades del mundo. En los Estados Unidos los llaman tunnel people. ¿Cómo será la cuarentena en los túneles? ¿No han pasado toda su vida en cuarentena? ¿Se sentirán más libres que aquellos que ahora se ven obligados a vivir en casa? ¿Verán la cuarentena como una forma de justicia social?

Residentes de las periferias pobres de las ciudades, favelas, asentamientos informales, slums, barrios de caniço,1 etc.

 Según datos de ONU Hábitat, 1.600 millones de personas no tienen una vivienda adecuada y el 25 % de la población mundial vive en barrios informales sin infraestructura ni saneamiento básico, sin acceso a servicios públicos, con escasez de agua y electricidad.

Viven en espacios reducidos donde se aglomeran familias numerosas. En resumen, habitan en la ciudad sin derecho a la ciudad, ya que, al vivir en áreas desurbanizadas, no tienen acceso a las condiciones urbanas presupuestas por el derecho a la ciudad. Dado que muchos habitantes son trabajadores informales, se enfrentan a la cuarentena con las mismas dificultades mencionadas anteriormente. Pero además, dadas las condiciones habitacionales, ¿podrán cumplir con las normas de prevención recomendadas por la OMS?

¿Podrán mantener la distancia interpersonal en los espacios de vivienda reducidos donde la privacidad es casi imposible? ¿Podrán lavarse las manos con frecuencia cuando la poca agua disponible debe guardarse para beber y cocinar? ¿El confinamiento en una vivienda tan pequeña no supondrá otros riesgos para la salud tanto o más graves que los causados por el virus? Muchos de estos barrios ahora cuentan con una fuerte presencia policial y, a veces, están sitiados por las fuerzas militares con el pretexto de combatir el delito. ¿No será esta la cuarentena más dura para estas poblaciones? ¿Los jóvenes de las favelas de Río de Janeiro, a quienes la policía siempre les ha impedido ir a la playa de Copacabana los domingos para no molestar a los turistas, no sentirán que ya estaban en cuarentena? ¿Cuál es la diferencia entre la nueva cuarentena y la original, que siempre ha sido su forma de vida? En Mathare, uno de los barrios periféricos en el que habitan personas de bajos ingresos en Nairobi, Kenia, viven 68.941 personas viven en un kilómetro cuadrado. Como en muchos contextos similares en el mundo, las familias comparten una habitación que también es cocina, dormitorio y sala de estar. ¿Cómo se les puede pedir autoaislamiento?

¿Es posible el autoaislamiento en un contexto de heteroaislamiento permanente impuesto por el Estado? 

Cabe señalar que para los habitantes de las periferias más pobres del mundo, la emergencia sanitaria actual se combina con muchas otras emergencias. Según informan los compañeros y las compañeras de La Garganta Poderosa, uno de los movimientos sociales más notables de los barrios populares de América Latina, además de la emergencia de salud causada por la pandemia, los residentes enfrentan varias otras emergencias. Este es el caso de la emergencia sanitaria resultante de otras epidemias aún no resueltas y de la falta de atención médica. Este año, ya se han registrado 1833 casos de dengue en Buenos Aires.

Solo en la Villa 21, uno de los barrios más pobres de Buenos Aires, hubo 214 casos. «Casualmente», en la Villa 21, el 70 % de la población no tiene agua potable. Este es también el caso de la emergencia alimentaria, porque hay hambre en los barrios y las formas comunitarias de superarlo (comedores populares, merenderos) colapsan ante el dramático aumento de la demanda. Si las escuelas cierran, desaparece la merienda escolar que garantiza la supervivencia de los niños. Por último, surge el problema de la violencia doméstica, que es particularmente grave en los barrios, así como la permanente violencia policial y la estigmatización que esta conlleva. 

Los internos en los campos de internamiento para refugiados, los inmigrantes indocumentados o las poblaciones desplazadas internamente.

Según cifras de la ONU, se trata de 70 millones de personas.

Son poblaciones que, en su mayor parte, viven en cuarentena permanente y, para ellas, la nueva cuarentena significa poco como regla de confinamiento. Pero los peligros que enfrentan si el virus se propaga entre ellos serán fatales e incluso más graves que los que afrontan las poblaciones de las periferias pobres. Por ejemplo, en Sudán del Sur, donde más de 1,6 millones de personas son desplazados internos, lleva horas, sino días, llegar a los centros de salud, y la principal causa de muerte suele ser prevenible, ya que es provocada por enfermedades para las que ya existen medicamentos: malaria y diarrea. En el caso de los campos de internamiento en las fronteras de Europa y Estados Unidos, la cuarentena causada por el virus impone un deber ético humanitario de abrir las puertas de los campos de internamiento siempre que no sea posible brindar en ellos las condiciones mínimas de habitabilidad y seguridad que requiere la pandemia. 

Los discapacitados

Han sido víctimas de otra forma de dominación, además del capitalismo, el colonialismo y el patriarcado: el capacitismo. Se trata de cómo la sociedad los discrimina, ya que no reconoce sus necesidades especiales, no les facilita el acceso a la movilidad ni las condiciones que les permitirían disfrutar de la sociedad como cualquier otra persona. De alguna manera, sienten que viven en una cuarentena permanente debido a las limitaciones que la sociedad les impone. ¿Cómo vivirán la nueva cuarentena, especialmente cuando dependen de alguien que debe romper la cuarentena para ayudarlos? Como hace tiempo que están acostumbrados a vivir en condiciones de cierto confinamiento, ¿se sentirán ahora más libres que los «no discapacitados» o más iguales a ellos? ¿Verán la nueva cuarentena como una especie de justicia social? 

Los ancianos

Este grupo, particularmente numeroso en el norte global, es generalmente uno de los más vulnerables, pero la vulnerabilidad no es indiscriminada. De hecho, la pandemia requiere que seamos más precisos en los conceptos que utilizamos. Después de todo, ¿quién se considera un anciano? Según La Garganta Poderosa, la diferencia en la esperanza de vida entre dos barrios de Buenos Aires (el barrio pobre de Zavaleta y el barrio opulento de Recoleta) es de unos veinte años. No sorprende que los líderes de estos barrios sean considerados de «edad madura» dentro de la comunidad y como «líderes jóvenes» en la sociedad en general. 

Las condiciones de vida prevalecientes en el norte global han llevado a que una gran parte de ellos fuesen depositados (la palabra es dura, pero es así) en residencias, hogares de ancianos, geriátricos. Según las posibilidades propias o de la familia, estos alojamientos pueden ir desde residencias de lujo hasta vertederos de desechos humanos. En tiempos normales, los ancianos comenzaron a vivir en estos alojamientos como espacios que garantizaban su seguridad.

En principio, la cuarentena causada por la pandemia no debería afectar en gran medida su vida, dado que ya están en cuarentena permanente. ¿Qué sucederá cuando, debido a la propagación del virus, esta zona de seguridad se convierta en una zona de alto riesgo, como sucede en Portugal y España? ¿Estarían más seguros si pudieran regresar a las casas donde vivieron toda su vida, en el improbable caso de que aún existan? ¿Los familiares que, por su propia conveniencia, los depositaron en estos lugares, sentirán remordimiento por someter a sus ancianos a un riesgo que podría ser fatal? ¿Y las personas mayores que viven aislados no estarán en mayor riesgo de morir sin que nadie se dé cuenta? Al menos los ancianos que viven en los barrios más pobres del mundo pueden morir por la pandemia, pero su muerte no pasará desapercibida. También cabe señalar que, especialmente en el sur global, las epidemias anteriores han significado que los ancianos tengan que prolongar su vida activa. Por ejemplo, la epidemia del SIDA ha matado y sigue matando a padres jóvenes, por lo que son los abuelos quienes quedan a cargo del hogar. Si los abuelos mueren, los niños corren un riesgo muy alto de desnutrición y hambre, y final- mente de muerte. 

La lista de los que están al sur de la cuarentena está lejos de ser exhaustiva. Basta pensar en los presos y las personas con problemas de salud mental, como depresión. Pero los ejemplos seleccionados muestran dos cosas. Por un lado, al contrario de lo que transmiten los medios de comunicación y las organizaciones internacionales, la cuarentena no solo hace más visibles, sino que también refuerza la injusticia, la discriminación, la exclusión social y el sufrimiento inmerecido que provocan. Resulta que tales asimetrías se vuelven más invisibles frente al pánico que se apodera de quienes no están acostumbrados a él. 

La intensa pedagogía del virus: las primeras lecciones 

Lección 1. 
El tiempo político y mediático condiciona cómo la sociedad contemporánea percibe los riesgos que corre.

Ese camino puede ser fatal. Las crisis graves y agudas, cuya letalidad es muy significativa y rápida, movilizan a los medios de comunicación y poderes políticos, y llevan a tomar medidas que, en el mejor de los casos, resuelven las consecuencias de la crisis, pero no afectan sus causas. Por el contrario, las crisis severas pero de progresión lenta tienden a pasar desapercibidas incluso cuando su letalidad es exponencialmente mayor. La pandemia de coronavirus es el ejemplo más reciente del primer tipo de crisis. Mientras escribo esto, ya ha matado a unas 40.000 personas. La contaminación atmosférica es el ejemplo más trágico del segundo tipo de crisis.

Como informó The Guardian el 5 de marzo, según la Organización Mundial de la Salud, la contaminación atmosférica, que es solo una de las dimensiones de la crisis ecológica, cada año mata a 7 millones de personas. Según la Organización Meteorológica Mundial, el hielo antártico se está derritiendo seis veces más rápido que hace cuatro décadas, y el hielo de Groenlandia cuatro veces más rápido de lo previsto. Según la ONU, tenemos diez años para evitar un aumento de 1,5 grados en la temperatura global en relación con la era preindustrial y, en cualquier caso, sufriremos. A pesar de todo esto, la crisis climática no genera una respuesta dramática y de emergencia como la que está causando la pandemia. Lo peor es que, si bien la crisis pandémica puede revertirse o controlarse de alguna manera, la crisis ecológica ya es irreversible y ahora solo queda intentar mitigarla. Pero resulta aún más grave el hecho de que ambas crisis están vinculadas. La pandemia de coronavirus es una manifestación entre muchas del modelo de sociedad que comenzó a imponerse a nivel mundial a partir del siglo XVII y que ahora está llegando a su etapa final. 

Este es el modelo que hoy está llevando a la humanidad a una catástrofe ecológica. Ahora, una de las características esenciales de este modelo es la explotación ilimitada de los re- cursos naturales. Esta explotación está violando fatalmente el lugar de la humanidad en el planeta Tierra. Esta violación se traduce en la muerte innecesaria de muchos seres vivos en la Madre Tierra, nuestro hogar común, tal como lo defienden los pueblos indígenas y campesinos de todo el mundo, hoy apoyados por los movimientos ecologistas y la teología ecológica. Esta violación no quedará impune.

Las pandemias, como las manifestaciones de la crisis ecológica, son el castigo que sufrimos por tal violación. No se trata de una venganza de la naturaleza. Es pura defensa propia.

El planeta debe defenderse para garantizar su vida. La vida humana es una parte ínfima (0,01%) de la vida planetaria a defender. 

Lección 2. 
Las pandemias no matan tan indiscriminadamente como se cree.

Es evidente que son menos discriminatorias que otros tipos de violencia cometidos en nuestra sociedad contra trabajadores empobrecidos, mujeres, trabajadores precarios, negros, indígenas, inmigrantes, refugiados, personas sin hogar, campesinos, ancianos, etc. Pero discriminan tanto en términos de su prevención, como de su expansión y mitigación.

Por ejemplo, en varios países, los ancianos son víctimas del darwinismo social. Gran parte de la población mundial no está en condiciones de seguir las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud para defenderse del virus, ya que vive en espacios reducidos o muy contaminados, porque está obligada a trabajar en condiciones de riesgo para alimentar a sus familias, porque está detenida en cárceles o en campos de internamiento, porque no tiene jabón ni agua potable, o la poca agua disponible es para beber y cocinar, etc. 

Lección 3.

Como modelo social, el capitalismo no tiene futuro.

En particular, su versión vigente (el neoliberalismo combinado con el dominio del capital financiero) está desacreditada social y políticamente ante la tragedia a la que condujo a la sociedad global y cuyas consecuencias son más evidentes que nunca en este momento de crisis humanitaria mundial.

El capitalismo puede subsistir como uno de los modelos económicos de producción, distribución y consumo, entre otros, pero no como el único, y mucho menos como el modelo que dicta la lógica de acción del Estado y la sociedad. Esto es lo que ha sucedido en los últimos cuarenta años, especialmente después de la caída del Muro de Berlín. Se impuso la versión más antisocial del capitalismo: el neoliberalismo cada vez más dominado por el capital financiero global. Esta versión del capitalismo sometió a todas las áreas sociales (especialmente a la salud, educación y seguridad social), al modelo de negocio de capital, es decir, las áreas de inversión privada que deben gestionarse para generar el máximo beneficio para los inversores. Este modelo deja de lado cualquier lógica de servicio público e ignora así los principios de ciudadanía y derechos humanos.

Deja al Estado solo las áreas residuales, o a los clientes poco solventes (a menudo la mayoría de la población) les deja aquellas áreas que no generan ganancias. Como opción ideológica, siguió la demonización de los servicios públicos (el Estado depredador, ineficiente o corrupto); la degradación de las políticas sociales dictadas por las políticas de austeridad con el pretexto de la crisis financiera del Estado; la privatización de los servicios públicos y la sub-financiación de los restantes porque no ser de interés para el capital. Y llegamos así al presente con estados que no tienen la capacidad efectiva para responder de manera efectiva a la crisis humanitaria que aqueja a sus ciudadanos. La brecha entre la economía de la salud y la salud pública no podría ser mayor.

Los gobiernos con menos lealtad a las ideas neoliberales son aquellos que actúan de manera más efectiva contra la pandemia, independientemente del régimen político. Solo basta mencionar a Taiwán, Corea del Sur, Singapur y China. 

En este momento de conmoción, las instituciones financieras internacionales (FMI), los bancos centrales y el Banco Central Europeo están instando a los países a endeudarse más de lo que están para cubrir los gastos de emergencia, si bien permiten extender los plazos de pago. El futuro propuesto por estas instituciones solo pasará desapercibido para algunos: la poscrisis estará dominada por más políticas de austeridad y una mayor degradación de los servicios públicos en los casos donde aún sea posible. 

Es aquí donde la pandemia opera como un analista privilegiado. Los ciudadanos ahora saben lo que está en juego. Habrá más pandemias en el futuro, probablemente más graves, y las políticas neoliberales continuarán socavando la capacidad de respuesta del Estado, y las poblaciones estarán cada vez más indefensas. Semejante ciclo infernal solo puede interrumpirse si se interrumpe el capitalismo. 

Lección 4. 

La extrema derecha y la derecha hiperneoliberal han sido (con suerte) definitivamente desacreditadas.

La extrema derecha ha crecido en todo el mundo. Se caracteriza por el impulso antisistema, la manipulación grosera de los instrumentos democráticos, incluido el sistema judicial, el nacionalismo excluyente, la xenofobia y el racismo, la defensa de la seguridad que otorga el estado de excepción, el ataque a la investigación científica independiente y la libertad de expresión, la estigmatización de los opositores, concebidos como enemigos, el discurso de odio, el uso de redes sociales para la comunicación política en menosprecio de las herramientas y los medios convencionales. Defiende, en general, el estado mínimo, pero aumenta los presupuestos militares y las fuerzas de seguridad. Ocupa un espacio político que a veces le fue ofrecido por el rotundo fracaso de los gobiernos provenientes de la izquierda que se rindieron al catecismo neoliberal bajo la astuta o ingenua creencia en la posibilidad de un capitalismo con rostro humano, un oxímoron que ha existido siempre o, al menos, que existe hoy. 

En algunos países, la extrema derecha se asocia a versiones altamente politizadas y conservadoras de la religión, al evangelismo pentecostal en varios países latinoamericanos, al catolicismo reaccionario en Europa, al hinduismo político en India, al budismo radical en Myanmar, al islam radical en Medio Oriente. Defiende las políticas neoliberales, a veces con un extremismo superior a la ortodoxia del FMI. La extrema derecha coquetea con los partidos convencionales de derecha y se enamora de ellos siempre que necesitan apoyo para versiones menos extremas de las políticas neoliberales.

En la actual crisis humanitaria, los gobiernos de extrema derecha o derecha neoliberal han fracasado más en la lucha contra la pandemia. Ocultaron información, desprestigiaron a la comunidad científica, minimizaron los posibles efectos de la pandemia, utilizaron la crisis humanitaria para el engaño político.

Con el pretexto de salvar la economía, asumieron riesgos irresponsables por los que, esperamos, serán responsabilizados.

Sugirieron que una dosis de darwinismo social sería beneficiosa: la eliminación de sectores de la población que ya no son de interés para la economía, ya sea como trabajadores o consumidores, es decir, poblaciones desechables como si la economía pudiese prosperar sobre una pila de cadáveres o cuerpos desprovistos de cualquier ingreso. Los ejemplos más llamativos son Inglaterra, Estados Unidos, Brasil, India, Filipinas y Tailandia. 

Lección 5. El colonialismo y el patriarcado están vivos y se fortalecen en tiempos de crisis aguda.

Las manifestaciones son múltiples y aquí se mencionan algunas de ellas. Las epidemias (el nuevo coronavirus es la manifestación más reciente de ellas) solo se convierten en problemas globales graves cuando se ven afectadas las poblaciones de los países más ricos del norte global. Así sucedió con la epidemia del SIDA.

En 2016, la malaria mató a 405.000 personas, la enorme mayoría en África, y eso no fue noticia. Los ejemplos podrían multiplicarse. Por otro lado, los cuerpos racializados y sexualizados son siempre los más vulnerables ante el brote de una pandemia.

En principio, sus cuerpos son más vulnerables debido a las condiciones de vida socialmente impuestas por la discriminación racial o sexual a la que están sujetos. Cuando ocurre el brote, la vulnerabilidad aumenta, ya que están más expuestos a la propagación del virus y se encuentran en lugares donde nunca llega la atención médica: favelas y asentamientos pobres de la ciudad, aldeas remotas, campos internamiento de refugiados, prisiones, etc.

Realizan tareas que implican más riesgos, ya sea porque trabajan en condiciones que no les permiten protegerse o porque son cuidadores de las vidas de otros que sí cuentan con los medios para protegerse. Finalmente, en situaciones de emergencia, las políticas de prevención o contención nunca son de aplicación universal. Al contrario, son selectivos. Algunas veces son abierta e intencionalmente adeptos al darwinismo social: proponen garantizar la supervivencia de los cuerpos más valorados socialmente, los más aptos y los más necesarios para la economía.

En otras ocasiones, olvidan o descuidan los cuerpos menospreciados. 

Lección 6. 

El regreso del Estado y la comunidad.

Los tres principios de regulación de las sociedades modernas son el Estado, el mercado y la comunidad.

En los últimos cuarenta años, el principio del mercado ha recibido prioridad absoluta en detrimento del Estado y la comunidad. La privatización de bienes sociales colectivos, como la salud, la educación, el agua potable, la electricidad, los servicios postales y de telecomunicaciones, y la seguridad social, fue solo la manifestación más visible de la prioridad dada a la mercantilización de la vida colectiva. Más insidiosamente, el propio Estado y la comunidad o sociedad civil comenzaron a ser gestionados y evaluados por la lógica del mercado y por criterios de rentabilidad del «capital social». Esto sucedió tanto en los servicios públicos como en los servicios de solidaridad social. Fue así como las universidades públicas fueron sometidas a la lógica del capitalismo universitario, con clasificaciones internacionales, la proletarización productiva de los docentes y la transformación de los estudiantes en consumidores de servicios universitarios. Así también surgieron las alianzas público-privadas, casi siempre un mecanismo para transferir recursos públicos al sector privado. De este modo, las organizaciones de solidaridad social finalmente entraron en el comercio de la filantropía y del cuidado. 

Las pandemias muestran de forma cruel cómo el capitalismo neoliberal incapacitó al Estado para responder a las emergencias. Las respuestas que los Estados dan a la crisis varían de un Estado a otro, pero ninguno puede disfrazar su incapacidad, su falta de previsibilidad en relación con las emergencias que se anunciaron como inminentes y muy probables. 

Estoy seguro de que en el futuro cercano esta pandemia nos dará más lecciones y que siempre lo hará de manera cruel. Si seremos capaces de aprender es una pregunta por ahora abierta. 

El futuro puede comenzar hoy 

La pandemia y la cuarentena revelan que hay alternativas posibles, que las sociedades se adaptan a nuevas formas de vida cuando es necesario y se trata del bien común.
Esta situación es propicia para pensar en alternativas a las formas de vivir, producir, consumir y convivir en los primeros años del siglo XXI. En ausencia de tales alternativas, no será posible prevenir la irrupción de nuevas pandemias que, por cierto, como todo sugiere, pueden ser aún más letales que la actual. Seguramente no falten ideas sobre posibles alternativas, pero ¿pueden conducir a una acción política para lograrlas? A corto plazo, lo más probable es que, después de que termine la cuarentena, las personas se quieran asegurar de que el mundo que conocieron no haya desaparecido. Volverán a las calles impacientes, ansiosos por circular libremente otra vez. Irán a jardines, restaurantes, centros comerciales, visitarán a familiares y amigos, regresarán a rutinas que, por más que hayan sido tediosas y monótonas, ahora parecerán tranquilas y seductoras. 

Sin embargo, volver a la «normalidad» no será igual de fácil para todos. ¿Cuándo se reconstituirán las ganancias anteriores? ¿Estarán los empleos y salarios esperándolos y disponibles? ¿Cuándo se recuperarán los retrasos educativos y profesionales?

¿Desaparecerá el estado de excepción creado para responder a la pandemia tan rápido como la pandemia?

En los casos en que se hayan adoptado medidas de protección para defender la vida por encima de los intereses económicos, ¿el retorno a la normalidad implicará dejar de priorizar la defensa de la vida? ¿Habrá un deseo de pensar en alternativas cuando la alternativa que se busca es la normalidad que existía antes de la cuarentena? ¿Se pensará que esta normalidad fue la que condujo a la pandemia y conducirá a otras en el futuro? 

Al contrario de lo que uno podría pensar, el período inmediato posterior a la cuarentena no será favorable para discutir alternativas, a menos que la normalidad a la que las personas quieran regresar no sea posible. 


[1]  Los “barrios de caniço” son asentamientos de los suburbios de Mozambique no aptos para la construcción de viviendas. También se los conoce como los “barrios de caña” (ya que es el material utilizado en la construcción de la mayoría de las chozas y así se los diferencia de la “ciudad de cemento”).

martes, 2 de junio de 2020

Panorma de la pos pandemia y los derechos laborales por Antonio BAYLOS

Fuente: Blog de Antonio Baylossábado, 30 de mayo de 2020

PENSANDO EN LO QUE HA DE VENIR: EL MUNDO POST-PANDEMIA Y LOS DERECHOS LABORALES



En estos dos meses de confinamiento, han sido muchas las actividades que se han ido organizando en el ámbito académico relativo al derecho laboral. El espacio cultural latinoamericano ha sido especialmente activo al respecto, con numerosos seminarios virtuales por videoconferencia a través de aplicaciones especialmente concebidas para cubrir una gran audiencia. Este interés en la participación internacional a través de dichos encuentros, han tenido como objetivo primordial conocer las medidas sociales que en cada uno de los países afectados se habían ido disponiendo para paliar los efectos sobre el empleo que la crisis sanitaria del Covid-19 había generado. Hay que tener en cuenta que en gran medida la respuesta normativa en este campo ha sido gradual y progresiva y, como en España, se ha ido desgranando a través de una cascada de normas que delimitaban crecientemente los instrumentos y las condiciones de ejercicio de los mecanismos de protección arbitrados.

El interés por estas intervenciones comparadas no ha disminuido, ha alimentado además una importante línea de publicaciones escritas en papel tanto en el formato de comentarios legales como en el de números monográficos de revista.  En lo que se refiere a España, es seguro que la gran mayoría de las revistas científicas destinadas al estudio del Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social rebosarán en sus próximos números de aportaciones que interpreten la normativa emanada con ocasión del Estado de alarma regulando las relaciones laborales a propósito de la crisis originada por el Covid-19, para posteriormente recalar en los fallos judiciales que la apliquen, una litigiosidad que todavía no ha podido explicitarse ante la suspensión de los plazos procesales salvo en lo relativo a los procedimientos de urgencia, de tutela de derechos fundamentales principalmente. Un ejemplo paradigmático de este esfuerzo académico que cobra forma de edición en papel lo constituye sin duda el importante número monográfico de la revista Derecho de las Relaciones Laborales (nº 4, abril del 2020), que recopila una larga serie de intervenciones muy interesantes en torno al Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social ante la pandemia del Covid-19, con un editorial firmado por Maria Emilia Casas y Miguel Rodriguez-Piñero que analiza el conjunto de las medidas aprobadas y un epílogo con la hasta el momento de su publicación era la última norma promulgada (el RDL 15/2020). Un enfoque privilegiado por tanto para conocer el derecho que está surgiendo de la crisis, aunque de alguna manera la proximidad a las normas y su especificidad impide dar un paso atrás y por el momento calificar de forma más completa no sólo el tipo de intervención que se está efectuando, sino también las reglas que guían los principios que configuran una nueva hermenéutica de la crisis.

Pero en este espacio global de circulación de opiniones de los juristas del trabajo, se ha sustituido ese interés por las medidas concretas adoptadas por los respectivos gobiernos en relación con las consecuencias sociales y laborales de la pandemia, por la inclinación a debatir sobre los rasgos que habrán de caracterizar el mundo laboral después de la pandemia, es decir, si lo que se denomina la nueva normalidad puede con rigor afirmarse como nueva, o si por el contrario nos encontraremos con un escenario en lo sustancial muy parecido al que conocíamos antes de esta crisis. Este es un tema de debate mucho más solicitado a partir de mediados de abril del 2020.

El discurso se desarrolla a un doble nivel. Ante todo, constatando que, como señala Andrea Lassandari, el mundo globalizado del capital, su capacidad de mover libremente personas – que no sean inmigrantes ni refugiados – y capitales, ha implosionado de golpe y la constricción de la libertad de movimientos se ha convertido en estos meses en una regla universal. ¿Será posible modificar las reglas de juego que hasta el momento han gobernado el sistema del globalismo capitalista? Todas las opiniones convergen en la necesidad de remover el modelo productivo basado en un desarrollo extractivista, con especial atención a la promoción de unas nuevas coordenadas de sostenibilidad ambiental ante el cambio climático. Pensar el mundo en términos de una transición al decrecimiento y a la revisión de los conceptos que hasta ahora han regido el mundo global, basado en un incremento cada vez más acentuado de la desigualdad y de la concentración de la riqueza. No será fácil alterar estas reglas de juego ni de establecer controles al mercado global, en la creación de una interlocución equilibrada con las instituciones financieras mundiales y los capitales plenamente desregulados que aspiran con éxito a seguir subsumiendo en el pago de las rentas de capital la decisión política de los Estados, capturando su teórica capacidad de decisión soberana a través de la deuda negociada en los mercados financieros. No será fácil, pero el problema de la negociación de la deuda a nivel mundial, su condonación en algunos supuestos y su aplazamiento, será decisivo en orden a delimitar el marco institucional global en el que las organizaciones internacionales como la OIT deben desempeñar un papel cada vez más preponderante.

En ese mismo nivel, el control y la fijación de responsabilidades a las Empresas Transnacionales por la vulneración de derechos humanos (especialmente los contenidos en los principios y derechos fundamentales de la OIT: prohibición del trabajo forzoso e infantil, respeto de la libertad sindical, sus formas de acción y la negociación colectiva, tutela del principio de no discriminación) y el reconocimiento internacional en un tratado vinculante de un deber de vigilancia por parte de los Estados, la prohibición de los arbitrajes de inversiones, la generalización de los acuerdos marco globales, la inserción de elementos de tutela de derechos en las cadenas de valor transnacionales y en general el anclaje de estas empresas al respeto de los derechos de los pueblos indígenas y de la preservación del medio ambiente y de los bienes comunes, es una necesidad universal que es más indispensable si cabe en esta era post-pandemia que se avecina. Sin embargo, la actuación de las Empresas Transnacionales no se ha visto afectada por estos cambios necesarios. En nuestro propio país, los casos de Nissan y de Alcoa son muy expresivos de esta desresponsabilización de las multinacionales con las necesidades de las gentes y sus condiciones de existencia, y por tanto este sigue siendo un terreno imprescindible de disputa áspera de intereses.

Cambia también la Unión Europea, o al menos hay síntomas fuertes de una transformación o de un desplazamiento de enfoque que parece distanciarse claramente de aquel que aplastó la mayoría democrática en Grecia y sometió a los países del Sur a la condicionalidad política de las ayudas financieras que degradaron derechos y condiciones de vida de la mayoría de la población. Aunque todavía el resultado final no está definido, las posiciones han cambiado sustancialmente y los bloques de alianzas actuales sugieren una solución más equitativa y atendible, muy relacionada con la necesidad de dotar a la Unión Europea de una cierta legitimidad política que está cuestionada desde hace tiempo y que la presente crisis podría agravar intensamente.  

Pero junto a esta dimensión supranacional, parece también evidente que deben cambiar las bases del modelo de relaciones laborales. Si algo ha evidenciado la crisis del Covid-19 es la centralidad del trabajo como actividad imprescindible que sostiene la existencia de todas las personas garantizando su salud y su dignidad. Un trabajo que sin embargo frecuentemente es precario y mal pagado, lo que demuestra que existe una fuerte disfunción entre el valor económico y social del trabajo en el sistema de precios que es el fundamento de la libre empresa y de la iniciativa económica, pero que no le ha impedido aparecer como la estructura básica que sostiene y cohesiona a la sociedad. Una centralidad del trabajo que tiene concomitancias con la necesidad de un Estado Social y la vigorización de lo público, lo que a su vez exige inversiones potentes en infraestructuras y servicios fundamentales – ante todo los sanitarios y socio sanitarios, devastados por la anterior crisis – y una fundamental redistribución de la riqueza a través de un sistema impositivo rigurosamente progresivo.

Pero también esa relevancia inédita del trabajo, oscurecida durante décadas de neoliberalismo, que solo apreciaba en el su valor de mercado, su sustituibilidad y prescindibilidad, cuestión acentuada durante la crisis del 2010-2014, resalta la importancia de las figuras sociales que representan de manera colectiva y general al trabajo, es decir, la trascendencia del sindicato que desde su autonomía diseña un proyecto de sociedad para después de la crisis creada por la pandemia y elabora un programa de reformas esenciales tanto respecto del marco institucional – en nuestro país, las graduales reformas de la legislación laboral, el uso orientado de los mecanismos de amortiguación social para estabilizar el nivel de empleo, y el armado del “escudo” o red de seguridad frente a las necesidades sociales y la exclusión social, cuyo ejemplo más notorio es el ingreso mínimo vital – como de la lucha por la suficiencia salarial y la negociación colectiva y la disputa con el poder unilateral del empresario que organiza el trabajo, con especial atención al dominio del tiempo – tiempo de vida y tiempo de trabajo – y del control de los procesos de producción.

Un mundo mejor, seguramente. Pero no sin lucha e imponiendo respeto desde una acción colectiva y ciudadana que tiene que presionar para ir consiguiendo gradual pero irremisiblemente este proyecto democrático que no podemos dejar que nos arrebaten.