martes, 15 de abril de 2014

Discurso del Prof. Barreto Ghione en la despedida a Don Hector Barbagelata






 Hugo Barreto Ghione


  Despedida al Prof. Barbagelata en la Facultad de Derecho

Discurso de Despedida al Profesor Hector – Hugo Barbagelata, fallecido el 13 de abril de 2014,  pronunciado en la Facultad de Derecho en ocasión de su velatorio en el hall del edificio central

La Decana de la Facultad de Derecho, la Prof. Bagdassarian, me ha encomendado la difícil tarea de despedir al querido Profesor Hector – Hugo Barbagelata.

El desafío mayor radica en el brete de sintetizar, en un mensaje necesariamente breve, una diversidad de intereses intelectuales tan variopintos como los que desplegó Barbagelata en su trayecto vital, que culminó con entusiasmo casi juvenil al promover la creación de la Fundación Electra en homenaje a su esposa.

Barbagelata se destacó, todos sabemos, en varios ámbitos:

a)      En el periodístico, fue colaborador del diario Acción y del semanario Marcha, por citar dos medios emblemáticos, siendo parte de la llamada “generación del 45” junto a otros notables ensayistas y escritores como Mario Benedetti, Angel Rama, Carlos Maggi y otros;

b)      En el ámbito de la cultura, ejerció la actividad teatral, y fue Director de la Escuela Municipal de Arte Dramático y del SODRE.

Sobre su doble actividad de actor y profesor Barbagelata tiene páginas memorables. En una entrevista realizada para la Revista Derecho Social Latinoamérica dirá que “la actividad de profesor es análoga a la del actor, especialmente si uno piensa en la Commedia dell Arte, esto es, en ese género teatral en el que se improvisa a partir de algunas pautas, y ¿qué otra cosa hace el profesor a partir del esquema que lleva escrito y consulta en la clase o que tiene grabado en la memoria?”

Y agrega: “mientras el escritor apaga la computadora y se ocupa de otra cosa, el profesor y el actor saben que la función debe continuar. Por eso también todas las funciones son diferentes, en realidad únicas, como lo son cada una de las clases, aunque el tema tratado sea el mismo”.

Finalmente dice que “otro rasgo común es la instantaneidad y lo efímero de la actuación del actor y del profesor. Esta función, ese acto, esa parte, que hoy marchó muy bien, o esa clase que gustó al profesor y que el auditorio sintió que lo enriquecía, no dejan mas que un leve rastro que tiende a desvanecerse muy rápidamente. La suma de estos rastros puede que adquiera la calidad de buen recuerdo en algunos integrantes del público y eso es a lo más que actores y profesores pueden aspirar, aunque unos y otros saben, sabemos, que como dice un personaje de Tennesee Williams la eternidad es una palabra muy larga que no tiene nada que ver con los actores y los profesores”.                                                                            

c)      En el ámbito sindical, decía Barbagelata con satisfacción que fue el segundo asesor con que contó el movimiento sindical uruguayo de mediados del siglo pasado, y en ese orden es recordado su paso por FUECI y su profunda amistad con Pepe D´ Elia, con quien tuvo algunos furtivos encuentros durante la dictadura, casi de cuento policial, cuando ambos estaban proscriptos y vigilados. Gustaba decir, con orgullo no declarado, que nunca había asesorado patrones;

d)     En el ámbito político fue subsecretario del Ministerio de Trabajo en el Gobierno de Gestido;

e)      En el ámbito universitario tuvo una significación extraordinaria, constituyéndose en uno de los pilares – surgen los nombres de Américo Plá Rodríguez, Oscar Ermida, Helios Sarthou y Osvaldo Mantero – uno de los pilares, decía, de la llamada Escuela Laboralista Uruguaya.

Si difícil es sintetizar la multiplicidad de intereses intelectuales de Barbagelata es más difícil, paradojalmente, circunscribir cuales fueron sus aportes principales en el terreno aparentemente más reducido del Derecho del Trabajo.

La explicación está en los detalles, decía Walter Benjamin, pero estos son abrumadores en el caso de Barbagelata.

Si hay que optar  por dos perfiles de su actividad, parece que debemos referirnos en primer lugar a la revista Derecho Laboral, fundada en 1948 junto al Profesor Francisco de Ferrari y un igualmente joven Américo Plá Rodríguez. La revista ha sido un ejemplo de conducta editorial pluralista y comprometida a la vez; independiente y rigurosa, generadora de una cultura jurídica singular y vehículo de la mejor doctrina nacional e internacional.

El segundo aporte que anotamos es la creación y sostenimiento del posgrado de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social en nuestra Facultad de Derecho, así como su cátedra “Evolución de Pensamiento Juslaboralista”, un inédito y erudito repaso de la historia de las ideas del derecho social, felizmente recogido en libro.

Pero el aporte de Barbagelata nunca se ha limitado al plano de lo exclusivamente académico, si lo entendemos como un mero ejercicio, casi diletante, ajeno a los avatares políticos y sociales. No podríamos soslayar hoy y en esta casa, la profundidad de sus convicciones democráticas y republicanas, materializadas en su oposición a la intervención de la Universidad mediante su retiro en 1973  junto a un grupo de colaboradores cercanos, alguno de los cuales felizmente nos acompañan aquí.

En lo cotidiano, lejos de ser un profesor de trato distante o áspero  o vanidoso, como corresponde a cierto arquetipo del académico enjundioso, era un conversador y narrador ameno, entusiasta, muy ingenioso, y por su memoria prodigiosa pasaba buena parte de la historia del Uruguay del siglo XX en una especie de crónica salpimentada de anécdotas de figuras tan heterogéneas como Margarita Xirgú, Carlos Quijano, Luis Batlle Berres, Paco Espínola, Rodríguez Andrade y su querido Rampla Juniors.

La lista sería muy extensa, y más de una vez pensé – y lo conversamos con Laura Zúñiga - que esas historias merecían un libro de memorias que Barbagelata nunca quiso escribir.

Esa sabiduría situada fuera de los libros revela una existencia exquisita, y quedará para siempre recluida a los testimonios orales que escuchamos muchos de sus discípulos, haciendo en parte cierto aquel veredicto de un escritor africano cuando dijo “Cuando muere un sabio, arde toda una biblioteca”.

Por último, decimos y repetimos que Barbagelata fue un MAESTRO.

¿Cual es el sentido del magisterio de Barbagelata?

¿Qué queremos decir?

Desde mi punto de vista, decir que fue un maestro es retrotraernos al sentido más básico del término: maestro es quien nos enseña a LEER y a ESCRIBIR, y Barbagelata nos enseñó a leer y escribir… el Derecho del Trabajo.

Nos enseñó a leer porque sus recensiones y comentarios a libros y artículos que realizaba en las reuniones del Instituto de Derecho del Trabajo de la Facultad de Derecho – siempre los viernes a las 8 en punto – se convertían en una verdadera lección de ejercicio crítico de la lectura, un ejemplo de cómo tomar un texto no como verdad revelada para repetir lo dicho por la “autoridad”, sino para debatir, discutir y avanzar en la comprensión de la realidad y el estudio del Derecho del Trabajo.

En esas insospechadas lecciones nos enseñaba la importancia del acto de leer, como recordando aquella referencia borgeana de quien se ufana de lo leído mas que de lo que ha escrito.

Barbagelata nos enseñó también a escribir, porque su poética, su estilo de escritura- despojada, seca, concentrada – es también parte de su magisterio. Barbagelata iba a lo esencial, complementando la economía del texto con una escritura en paralelo en las citas al pié de página (nunca al final del artículo), donde desarrollaba muchas veces el discurso principal, o sorprendía con la innovación de un punto de vista provocador. Las citas al pié de página remitían a otros libros o invitaban a otros descubrimientos, eran una ventana abierta, dejando la senda de nuevos caminos para andar, quizá evocando a su admirado Antonio Machado.

El lector Barbagelata y el escritor Barbagelata eran dos caras de un mismo proyecto intelectual, y nosotros en el Instituto de Derecho del Trabajo tuvimos la oportunidad única y definitiva de meternos en el laboratorio del profesor. Y en esa dialéctica lectura/escritura, nos enseñaba la casi intimidad revelada de su lectura silenciosa, transformada en el Instituto en comentarios mordaces, incisivos, sin pretensión alguna de neutralidad (como fue Barbagelata en todas sus cosas).

En definitiva, Barbagelata supo amalgamar todas esas facetas – cultura, política, universidad, sindicatos – en una única, espesa y coherente urdimbre de valores vividos en austera radicalidad.

En la entrevista citada, reconoce que esos diversos menesteres llevan al sujeto “a ver las realidades desde distintos puntos de vista, pues es algo sabido cuan diferente es exponer un tema en la Universidad, asesorar a ese respecto o llevar adelante una línea política. Por mi parte, en todos los casos me esforcé en mantener coherencia entre los dichos y las acciones emprendidas, incluso para determinar cuando era el momento de dar por terminada una etapa y para advertir las incompatibilidades y reconocer la sabiduría sanchopancesca del refrán que nos dice que “no se puede repicar y andar en la procesión”.

Claro, me faltó decir que Barbagelata, además de una forma de leer y de escribir, nos dejó una ETICA para andar en la procesión de la vida.

Hugo Barretto Ghione


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